GALICIA no altera de forma significativa, desde hace muchos años, su posición en el ránking español de desarrollo económico. Y es que modificar al alza los datos macroeconómicos de un país o de una comunidad, alterando su situación en relación con los territorios de su entorno, es una tarea cada vez más compleja que exige, en un mismo contexto globalizado, introducir variables potentes que los demás no manejen. Y en cualquier caso esa modificación en la práctica sólo se produce excepcionalmente. Excepción reciente en la Europa de los Quince lo es el caso de Irlanda, en donde se produjeron cambios económicos espectaculares gracias a la inversión en investigación, desarrollo e innovación y al abandono de la receta clásica de priorización de las infraestructuras. Bien es verdad que, como decía un empresario vigués, la generación del cambio irlandés tenía la ventaja de saber inglés. Porque hoy, a diferencia de tiempos atrás, ya no llega, siendo imprescindible, el concurso de ideas, infraestructuras y capitales económicos, sino que se requiere también el contar con capital humano y social. Centrándonos en el capital humano, para optar a competir se necesitan contingentes de trabajadores preparados y capaces de alumbrar directivos valiosos que puedan marcar las diferencias. En ese camino, el reto consiste en fomentar, formar y descubrir la excelencia del capital humano con el que se cuenta. No surgiendo de la nada sino, al contrario, con planificación y búsqueda en la que los centros de formación profesional y universidades tienen que convertirse en mejores, si se quiere que sus clientes, los estudiantes, también sean mejores. En ello está sin duda la inteligente idea que los responsables de la Comunidad de Madrid han puesto en práctica recientemente, convocando un importante número de becas para universitarios a las que pueden optar los mejores expedientes académicos de entre estudiantes españoles que así pueden acceder a las universidades madrileñas con independencia de los ingresos familiares. La intención es clara: de unos magníficos estudiantes de bachillerato suelen surgir los que serán magníficos universitarios y de entre éstos los profesionales que acabarán destacando. Profesionales que de forma espontánea trabajarán y vivirán en el entorno territorial de sus universidades, conducidos por las bolsas de trabajo que las mismas van acumulando a instancias de las empresas. Un buen ejemplo, en definitiva, de que es posible, con imaginación y poca inversión, intentar la mejora del capital humano y subir un peldaño en la escalera del bienestar económico.