SI RODRÍGUEZ Zapatero no hubiera prometido visitar Melilla y Ceuta, sería un mal patriota que está entregado a los intereses del rey Mohamed. Más o menos, eso le han dicho. Si ahora no hubiera viajado a las dos ciudades, se le reprocharía con toda razón que es un hombre que no cumple su palabra. Pero ha prometido hacer ese viaje, lo hizo y se le puede reprochar todo, menos que incumple su compromiso. Sin embargo, parte de la clase política y periodística tienen que «quedar por encima», como se suele decir, y ya han encontrado el argumento para arremeter contra él. Ahora le critican que no haya reafirmado la españolidad de las dos ciudades. Se supone que, si alguien llega allí, tiene que llegar con el pendón de Castilla, clavarlo en el torreón más alto, plantar cara al moro de Rabat, desafiarlo como se merece y reafirmar con fervor patriótico que no pasará. Sobre todo, si ese alguien es Zapatero. A los demás presidentes del Gobierno que no han viajado nunca, nadie les ha dedicado un reproche. Nadie les echó en cara su distancia. Esa actitud, con los debidos respetos, es colonial. Si un dirigente político recorre Galicia o León, a nadie se le ocurre pensar que su primera obligación es proclamar la españolidad de Os Ancares. Se da por supuesta. Pero miremos las cosas desde otro punto de vista más pragmático o, si quieren ustedes, más diplomático: ¿qué habría ocurrido si nuestro presidente del Gobierno hubiera pronunciado un encendido discurso sobre la condición española de Ceuta y Melilla? ¿Habría conseguido con ello que Mohamed VI renunciara a sus nunca ocultadas ni disimuladas aspiraciones? ¿O, por el contrario, habría estimulado sus ansias de ocupación? ¿Acaso no se le forzaría a revestirse de nacionalismo, aunque sólo fuera para mantener fuerte su imagen ante el pueblo marroquí? Personalmente, tengo pocas dudas. Los fuegos se avivan cuando se atizan. Y, si no queremos atizar el fuego de Marruecos sobre nuestras ciudades, lo más inteligente es utilizar la firmeza, pero revestida de cautela. La firmeza está en efectuar ese viaje que, insisto, ningún otro presidente realizó desde Suárez, salvo en campaña electoral. La cautela, virtud política, consiste en no provocar con las palabras. En los tiempos que corren, los intereses de los habitantes de Ceuta y Melilla tienen que ser mimados, por supuesto. El Estado, en todos sus ámbitos, no puede permitir el menor resquicio de sospecha ni de aparente debilidad. Y los sentimientos españoles de esos mismos habitantes tienen que ser cuidados y alentados. Pero eso no se hace sólo con palabras. En estos tiempos se hace de otra forma: efectuando las inversiones públicas que necesitan y garantizando su seguridad.