¿También el científico?

OPINIÓN

04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

POCAS COSAS parecían más creíbles que las revistas científicas. Ningún lector ponía en duda lo que en ellas se decía porque creía en la seriedad intrínseca del científico, en su palabra, en su honestidad, en su búsqueda de la verdad. Han bastado dos ejemplos de lo contrario para que muchos hayan reaccionado de la misma manera: el científico tampoco es creíble, ya no es ese ser austero y receloso de que sus descubrimientos o líneas de investigación puedan malinterpretarse y crear falsas esperanzas. Ahora, el ciudadano, desengañado ante tanta patraña y más cínico cada día, se pregunta si queda alguien que no mienta en un mundo regido por otras reglas distintas de aquéllas que tenían por norma los principios y por miras los valores. La fama en una sociedad mediática y «una red intrincada entre ciencia y beneficio económico», como dice Santiago Grisolía, parecen estar en el origen de esos comportamientos. Así, hace unos días se supo que un médico noruego, vinculado al Hospital de Radiología de Oslo, se inventó 454 pacientes, escribió sus falsos nombres y sus falsos historiales clínicos y hasta mató imaginariamente a muchos para demostrar falsamente que los antiinflamatorios ibuprofeno, naproxeno y paracetamol reducían el riesgo de cáncer bucal en personas fumadoras. Y todo este hallazgo científico lo publicó en la revista inglesa The Lancet como parte de un proyecto de investigación que ha recibido donaciones de 9 millones de euros, con respaldo del Instituto Nacional de Cáncer de EE.?UU. Unas semanas antes, el trabajo del surcoreano Hwang Woo-suk sobre clonación humana, publicado en la norteamericana Science , se demostró falso y obligó al biólogo a declarar en público su fraude. Según la Universidad Nacional de Seúl, Hwang Woo-suk no produjo células madre provenientes de los pacientes, sino que lo hizo a partir de óvulos fertilizados. Un fraude que ahora, solo después de descubrirse, está investigando Science . La conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, es decir, la verdad, sigue siendo problemática. Habrá que pedir al Consejo Audiovisual de Cataluña, diligente y generoso para aligerar trabajo a los jueces, que la busque con la lámpara de Diógenes, porque a estas alturas si alguien dijera la verdad, ¿sabríamos reconocerla?