Los dos fundamentalismos

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

DESDE comienzos del siglo XX, el mundo árabe se ha visto sometido al juego de las grandes potencias, que no han cesado de enfrentarse entre ellas por el control de los inmensos recursos petrolíferos que un capricho de la geología ha situado en el subsuelo de esos desdichados países. No es posible entender los problemas actuales, el conflicto palestino israelí, el fracaso del nacionalismo árabe laico o el ascenso irresistible del islamismo, si no se analizan desde la perspectiva de esa dinámica conflictiva que dura ya más de un siglo. La historia reciente confirma plenamente esta apreciación. En los años ochenta del pasado siglo, EE.?UU., con el fin de expulsar al Ejército soviético de Afganistán, financió, formó y armó una guerrilla en la que se reunieron los futuros Bin Laden del mundo musulmán. Pero una vez de vuelta a sus países de origen, esos gloriosos combatientes anticomunistas se convirtieron en terroristas. Es la historia de Frankenstein. Para combatirlos, EE.?UU. destruyó en Afganistán el régimen talibán y, con similares argumentos, justificó la invasión de Irak. Tres años después, Afganistán es una sociedad convulsa dominado por los señores de la guerra, en conflicto irresoluble con los islamistas, e Irak es un país caótico amenazado por una guerra civil comunitaria y una república islámica (chií) surgida de las urnas. Sin olvidar, claro está, que la ocupación ha permitido a los asesinos de Al Qaida poner el pie en un país cuyo acceso les estaba vedado. Y de Rabat a Yakarta, pasando por Estambul y El Cairo, se han multiplicado las metástasis. Pero la ola fundamentalista no ha afectado únicamente a los países árabes y musulmanes, se ha extendido también a las naciones desarrolladas. El regreso de los nacionalismos excluyentes, el ascenso del racismo y la xenofobia o la conquista del poder en EE.?UU. por un clan ultraconservador muestran claramente que la aparición de un identitarismo religioso y culturalista es un fenómeno mundial. El islamismo radical es sólo una parte de ese movimiento que persigue que la identidad confesional sea el factor de demarcación entre los pueblos del mundo. Cruzada frente a yihad . Ése es el sistema de representación global que pretende sustituir al que desapareció con el comunismo. En uno y otro bando los extremistas son minoría, pero son los que mandan. En EE.?UU. su poder es tal que su visión marca la vida colectiva. Entre los musulmanes, los islamistas también son minoría, pero son los que ocupan el alminar. Y su discurso incendiario, aunque produzca horror y rechazo, estructura el pensamiento. La caja de Pandora está ya abierta y, desgraciadamente, el conflicto será largo. Y, por supuesto, no se resolverá renunciando al ejercicio de nuestros valores y derechos democráticos. Pero si no somos capaces de romper esa complicidad circular entre los dos fundamentalismos -que sólo favorece la cohesión del mundo musulmán en torno al fantasma islamista-, no sólo estará en peligro nuestra seguridad, sino también las bases sobre las que se asienta nuestra civilización.