LA NUEVA terminal del aeropuerto de Barajas, la T4, es un edificio singular, espectacular, amplio, luminoso, espléndido y que refleja de forma acabada la transformación y pujanza de este país, España, por más señas. He visitado esta terminal un par de días, para saber cómo era, y la he usado como viajero en dos ocasiones. En ambos casos he disfrutado de las cualidades estéticas imponentes de este edificio, de su amplitud, de su silencio y de su eficacia como medio de transporte. Quiero dejar por escrito mi admiración porque, a pesar de la enorme transformación que ha experimentado España en los últimos años, gracias a la democracia, aún existen casos de paletismo que se manifiestan en críticas viscerales por fallos evidentes, pero que tienen más que ver con las deficiencias propias de todos los estrenos, con la falta de rodaje de lo nuevo, que con la esencia del edificio. El hecho en sí de acometer una obra de esta envergadura, de esta dimensión espacial, económica, estética, es un indicador expresivo de la fuerza y la pujanza de nuestro país. Uno pasea por el interior de esa hermosa terminal y se siente como en los mejores aeropuertos del mundo. El nuevo aeropuerto de Barajas pone a limpio la transformación de España. Es imposible una obra como ésta en un país que no progresa de forma acelerada, en un país que en treinta años ha recorrido posiblemente cien y se ha puesto a la altura de los países europeos que ayer por la tarde mirábamos desde abajo y ahora perciben nuestra pujanza. No entiendo cómo la referencia que algunos han dado de esta obra espectacular son sólo los fallos en horarios, maletas y despiste de viajeros, que son propios de un estreno, y, en algunos casos, resultado de huelgas encubiertas. No han hablado apenas del edificio, que en sí mismo es noticia y merece un comentario, de esa estructura amable con la luz, ondulante, cálida de bambúes y luces indirectas, que invita a mirar hacia arriba. El hecho de que no exista todavía un metro que conecte las terminales antiguas con la nueva es también una metáfora de la España actual, en este caso de lo negativo: Gobierno central y Gobierno autonómico se echan a la cabeza los trastos de la responsabilidad. Bien, el metro estará concluido y en funcionamiento el año que viene y quedará así zanjado el único punto negro de esta obra que debería ser motivo de orgullo de todos los españoles. Orgullo porque, entre otras cosas, la hemos pagado con nuestros impuestos, es el resultado del trabajo de todos en los últimos años. Orgullo también porque refleja un continuo en la labor de Estado: una obra gigantesca, que se comienza con el Gobierno del PP y se concluye con el Gobierno socialista, conforme a un proyecto funcional y estético elaborado por un grupo de arquitectos. Pasarán los cabreos iniciales, las deficiencias inherentes a los estrenos y pronto se hablará sólo de las cualidades de un aeropuerto que sintetiza de forma imponente la transformación y la fuerza de nuestro país; España, por más señas.