LA REACCIÓN violenta en países de mayoría musulmana como réplica a la publicación de unas caricaturas de Mahoma en prensa europea ha producido una seria preocupación internacional. La relación del mundo occidental con el islámico constituye uno de los problemas de mayor calado con los que se enfrenta esta etapa. La profundidad tiene raíces en la historia. En el estadio actual tiene que ver con la diferente trayectoria que en ambos mundos se ha seguido en relación con el hecho religioso, tanto por los Estados como por la sociedad. Prescindo de connotaciones políticas en el enjuiciamiento de declaraciones. No será necesario condenar la violencia y pronunciarse a favor de la libertad. Abarca la de expresión y también la religiosa, superada la mera tolerancia y la identificación entre Estado y confesión religiosa. Pero también habrá que recordar que la libertad no es independiente de la verdad, ni de la justicia. Sucede que en nuestro espacio europeo se ha desdeñado la búsqueda de aquella, entendida como un absoluto cuestionado y, en su lugar, se ha entronizado el absolutismo de la libertad. Ocurre en diferentes aspectos de la vida. La libertad se entiende, no pocas veces, como una liberación de lo que se considera atadura, en cualquier ámbito: familiar, de la educación, de la capacidad para comprometerse. Se pierden referencias sólidas para los comportamientos, que se encuentran con frecuencia y paradójicamente ligados a dictaduras emergentes. La lista de los derechos agota el abecedario, en tanto que los deberes no rebasan las primeras letras. La libertad de expresión tiene límites en otras libertades y derechos que también son fundamentales, como reconoce nuestra Constitución. Allí pusimos los constituyentes el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen, a la protección de la juventud y de la infancia. La realidad, que no llega siempre a los tribunales, muestra una tendencia a considerar esos preceptos como superados. No es cuestión de limitar coactivamente la libertad, sino de mejorar la conciencia social respecto de los otros derechos sobre los que puede incidir. Europa se sorprende por el extremismo de lo que está ocurriendo, que no está libre de incitación, teniendo en cuenta los escenarios en que se manifiestan, en un toma y daca de políticas contrapuestas. No deberían los musulmanes llegar a esos extremos, se dice. En la Europa, que no quiere reflejar sus raíces cristianas en el proyecto de su Constitución, puede herirse con impunidad los sentimientos de muchos ciudadanos, su propia dignidad, con un variado muestrario de burlas y escarnios de los fundamentos del cristianismo y la desfiguración de la imagen de Cristo, de la Iglesia y de sus instituciones. Europa puede ofrecer a los Estados y comunidades islámicas muchos aspectos positivos, ligados a una profunda concepción democrática, en la que los derechos fundamentales y libertades públicas ocupan un lugar central. Pero, también, como evidenciaron las revueltas en los barrios guetos de París y otras ciudades hace unos meses, se revela como una sociedad no siempre justa y en buena medida descreída, que produce decepción, cuando no escándalo. La violencia no está justificada. Hacen bien los responsables políticos en pedir su cese y «respeto por lo que -el otro- considera más sagrado». Estos acontecimientos lamentables deberían servir para tomar conciencia de que también es injusto ridiculizar lo que es fundamento y símbolo de las creencias de los cristianos, aunque no se accionen, como ahora, las alarmas. Forman parte de valores que han de protegerse en libertad.