UNOS ADOLESCENTES de Sevilla someten a un trato degradante y cruel a una compañera de clase con síndrome de Down: graban la escena y la difunden por el messenger . Un joven saca fotos con su móvil a una chica que le hace una felación y las cuelga en Internet. Grupos de jóvenes atacan a personas indigentes y filman las palizas. Los militares que torturan a los detenidos en la prisión iraquí de Abu Ghraib se hacen fotografiar vejando a los prisioneros. El denominador común a todos estos casos, y a otros similares que ya son noticia habitual en los medios de comunicación, es la exhibición y difusión pública, con el apoyo de las nuevas tecnologías, de actos sádicos sobre personas frágiles, discapacitadas, o en situación de precariedad e indefensión. Vivimos en la época del privilegio de la mirada: del exhibicionismo y del voyeurismo generalizados. Esto hace que a los protagonistas de las agresiones y vejaciones no les resulte suficiente con la realización miserable y cobarde de su acto; tienen que convocar, además, a ese gran ojo anónimo que es Internet para que contemple su fechoría. ¿Indica esto un cambio de paradigma en la comisión del delito o simplemente se trata de un uso execrable de la tecnología? Si es lo primero, el hacer público el delito, eso revelaría que el delito, aunque lleve aparejada alevosía, renuncia a la nocturnidad, o sea, que el delito deja de ir de la mano de la ocultación y de la anulación de las pruebas. En la noticia de los jóvenes sevillanos que sometieron a un trato vejatorio a su compañera discapacitada se destaca que fue la madre de uno de los agresores la que denunció el hecho: ¿no indica esto que se puede ser muy cruel y sin embargo buscar el castigo? Freud ya reveló en su momento, y la policía siempre hizo uso de ello, en qué consiste lo que llamó el sentimiento inconsciente de culpa, que luego tradujo como necesidad de castigo, y es esto lo que explica que el criminal vuelva siempre al lugar del crimen, o que deje huellas para su detención. De ahí que se sostenga que el crimen perfecto no existe. Estos jóvenes, al dejar la grabación en su ordenador, nos dan un ejemplo de la búsqueda inconsciente del castigo. Castigo que, en este caso, consistió en condenarlos a trabajar un número determinado de horas en un centro de atención a personas con síndrome de Down. Esto ha parecido adecuado a casi todo el mundo, por su pretendido valor reeducativo. Ojalá sea así, pero no debemos olvidar que su víctima era compañera de clase y fue elegida precisamente por su discapacidad. El segundo aspecto implicado en este tipo de actos es lo que hemos llamado el uso execrable de la tecnología. En esta vertiente, estas conductas serían indicativas de que no bastan ni el delito solitario ni el cometido en grupo, sino que es necesario el añadido de un tercero virtual que sea partícipe visual de la escena, es decir, que goce de ella. Internet permite establecer un vínculo con conocidos y desconocidos, sólo hay que suponer que frente a la pantalla del ordenador hay otros sujetos tan ávidos de presenciar esa brutalidad como la de cometerla y exhibirla por parte de aquéllos que la colgaron en la Red. Es decir, que estos jóvenes no reculan, sino todo lo contrario, frente a la crueldad. Este aspecto, el de la exhibición de lo hecho, sí que es nuevo. Antes de Internet, ese delito hubiera sido posible, y es más, se hubiera podido añadir ese tercero mediante el relato, o sea, mediante la palabra, o sea, contándoselo a ese tercero. Pero la Red permite algo inédito, convocar a un tercero al que, en muchos casos, no se conoce ni se conocerá. Si la crueldad es tan vieja como la humanidad, lo nuevo es este vínculo virtual y anónimo. Por ser virtual, permite mostrar, y por ser anónimo, permite ocultarse a la mirada de la ley. Es una nueva forma de aquel viejo adagio que habla de tirar la piedra y ocultar la mano.