SOÑEMOS: Magadalena Álvarez no es ministra de Fomento. Ahora es una paisana de a pie, que se ha pagado un billete de avión y tiene que tomar su vuelo en la flamante T4 de Barajas, la mayor obra de ingeniería civil de Europa, el templo de la modernidad madrileña, que ha costado 6.500 millones. Supongamos que una vez allí, tras abonar el sablazo del taxi y superar los inacabables pasillos, le cambian de puerta de embarque ¡siete veces! Imaginemos también que pide explicaciones, pero nadie se las da. Finalmente, despega con tres horas y media de retraso, cuando tenía gestiones urgentes que resolver en su destino. ¿Qué diría la viajera Álvarez? ¿Comentaría que la T4 «funciona razonablemente bien», como dijo la ministra... o clamaría por el cese de los mandos de Fomento, responsables últimos del caos? Alguien falla cuando en el noveno Estado más rico del mundo una rutina tan básica como tomar un avión se convierte en un enredo de los hermanos Marx.