18 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA VIDA, me gusta decir, es una sucesión de etapas, dentro del continuo que forma el suceder de los días. Se pone ahora fin a una larga etapa de Paco Vázquez como alcalde de A Coruña. La noticia de su nombramiento como embajador del Reino de España ante la Santa Sede ha rebasado el ámbito local, al ser enjuiciada desde la perspectiva de una política de Estado como un gesto de intentar mejorar las relaciones con la Iglesia católica. Una decisión que revela, con independencia de interpretaciones colaterales, una alta dosis de profesionalidad por parte de quienes la propusieron y aprobaron. Se ha elegido a un político que no ha escondido sus creencias y su práctica como católico en asuntos que afectaban a la conciencia. No se trata con ese testimonio de canonizarlo en vida, sino de subrayar la coherencia con unas raíces que se asientan en el entrañable ámbito de la familia. Se hereda y se transmite lo recibido. Es difícil sostener lo que hiere la conciencia mirando a los ojos de quienes se quiere. La actitud ante esos asuntos que se refieren a la defensa de la vida, del matrimonio -no me refiero a otros estrictamente políticos-, provocaron, sin duda, incomprensiones dentro de su propio partido, que no son ajenas a su traslado del Congreso de los Diputados al Senado. Paradojas de la vida, esa congruencia en las ideas fundamentales ha propiciado su nueva singladura en la vida pública. Es de celebrar, porque no siempre sucede: o porque se acomodan las convicciones o porque no se perdonan. Es un fin de etapa más allá de lo personal. Las circunstancias se han producido de tal manera que con la marcha de Paco Vázquez a Roma coincide la de Fraga al Senado y el oscurecimiento público de Beiras. Esa percepción invita a una mirada retrospectiva, que no pretende ser una valoración global. Tan sólo fijar en el recuerdo algunos de los tramos de la andadura recorrida en que coincidimos. Nos encontramos en el amanecer de la democracia, disputando la representación de la provincia en el Congreso. Lo importante no es que mi candidatura venciera ampliamente a la que él lideraba -seis a dos-, sino que la contienda electoral no cavó un foso, levantó una relación cordial. Coincidimos de nuevo en la azarosa aventura del Estatuto de autonomía. Llegamos a un acuerdo fundamental para que el Estatuto tuviera un respaldo político plural y no fuese el exponente de una posición formalmente hegemónica. Cada uno hubo de jugar su papel. El de Paco Vázquez de entonces, que sorprendería a los nacionalistas de hoy, respondió al de un político sagaz. El que me tocaba a mí no permitía tanta holgura si quería impedir que el Estatuto gallego encabezara el pelotón de los que no se aprobaran en referéndum. Se impidió, pero el éxito institucional no fue, en mi caso, parejo con el personal. En mi etapa como rector de la Universidad de A Coruña encontré en el alcalde una ayuda extraordinaria. En su creación puso el peso de su auctoritas en una Xunta amiga. En los concejos abiertos de los que gustó figuraba con el puerto en primera línea de sus exordios navideños. El respaldo abarcó lo grande y lo pequeño. Desde la Maestranza de Artillería para sede de un admirable rectorado abierto a la mar, al préstamo de sillones y alfombras para actos solemnes en primeros momentos de estrechez presupuestaria. Un apoyo público reiterado a aspiraciones universitarias, como la consecución del segundo ciclo de Medicina, que no pude ver como rector ni él lo verá ya siendo alcalde. Los cuadros no se terminan; se dejan. El de estos veintitantos años queda definitivamente expuesto a la mirada y el juicio de los ciudadanos. Éstos son sólo unos brochazos para la despedida. La vida sigue.