ES CIERTO que el cambio es una dimensión consustancial al progreso, y que por eso en la capacidad de asumir y adaptarse al cambio reside una parte importante del potencial de innovación de los lugares y de las sociedades. La realidad nos enseña tozudamente que aquellas personas, grupos sociales, empresas, comunidades o grupos políticos que no han sabido percibir a tiempo los procesos de cambio han terminado por perder su preeminencia, su influencia e incluso el poder. Pero también es cierto que la adaptación al cambio no puede realizarse de manera aislada, porque la propia colectividad termina por anular la innovación, como ocurre en las comunidades socialmente conservadoras con fuerte resistencia al cambio, o en regiones con fuerte impronta rural, como hasta ahora Galicia. En estos casos, el innovador ha terminado por ser eliminado por la misma sociedad que podía obtener beneficios del cambio, o trasladarse a otras comunidades más evolucionadas y por ello más abiertas. Es cierto también que una serie de cuestiones fundamentales para España necesitaban ser revisadas, porque el posicionarse en el inmovilismo impide avanzar, impide mejorar. Así, se puede decir de nuestra Constitución que, por ser resultado de una difícil transición sociopolítica, ha quedado anticuada en muchos de sus puntos. Y también con el modelo autonómico, que por ser un modelo transicional exigía un avance hacia una nueva formulación, probablemente federalista; y con la integración de los movimientos nacionalistas en un entorno como el actual, caracterizado por una apertura a un mundo radicalmente distinto al que motivó su nacimiento y evolución. Es cierto, por tanto, que el inmovilismo no es el mejor camino, por cuanto lo que no evoluciona termina por fenecer en su propia inmovilidad o automarginándose en un contexto general que necesariamente camina hacia el cambio. Y el no haberse dado cuenta de esto ha sido la causa del declive o la involución de muchas organizaciones, algunas muy importantes e influyentes. Pero siendo todo esto cierto, también es verdad que si la respuesta al cambio no se integra en la dinámica social colectiva, el impulso innovador termina por perder la fuerza implícita en sus principios. Y eso es lo que a mí me parece que está pasando en España en la política territorial, la conducta y las políticas sociales, las reformas constitucionales, estatuarias y legislativas. Son temas que requieren una aceptación social, una concertación social, un consenso social y político. Y ni la política de arrinconamiento de los socialistas ni la de derrumbe de los populares permiten crear el entorno social adecuado para encauzar debidamente las importantes transformaciones que en nuestra sociedad se están produciendo. Lo mismo podría decirse del terrorismo. Mientras, los ciudadanos contemplamos atónitos tales desafueros. Semeja un gran carnaval en el que cada uno parece ser lo que no es, en el que todo está enmascarado, en el que todo aparece como un frívolo acontecer diario en el cual se van saltando poco a poco las bases de la legalidad, de la democracia, de la participación social y de la libertad de expresión o la independencia de poderes, de todo lo que constituye la base de una sociedad moderna, evolucionada y participativa. Es como si las formas fueran caretas que esconden realidades que nada tiene que ver con lo que vemos por fuera. Un gran carnaval nacional, en el que unas máscaras atacan a otras. Y a veces, como los peliqueiros de Laza, incluyendo excrementos verbales adornados de verdad pero llenos de mentira. Buenas noches, buena suerte.