RONALDO está triste y deprimido. Es normal. Gana más de 3.000 millones de las desaparecidas pesetas al año, trabaja una hora al día, pero el Bernabéu, que antes fue un señor y ahora es un estadio, no le aplaude porque no lo quiere. A un servidor le pasa lo mismo que a Ronaldo. También está deprimido y triste. Porque, dejando para mejor ocasión lo del salario y lo de la jornada laboral, a un servidor tampoco le aplaude el Santiago Bernabéu. Y puede que a usted, lector, también esté pesaroso porque ni le aplauden, ni gana todos los años 3.000 millones. Y es que los aficionados al fútbol son poco cariñosos. Y claro, pasó lo que pasó con Ronaldo y nos hemos quedado todos de piedra. Desde que supimos de la tristeza del chaval, estamos que no vivimos. Abres un periódico y aparece Ronaldo con una cara que es más que un drama. Ves la tele y vuelve a aparecer Ronaldo con gesto compungido. Y escuchas la radio y lo oyes gemir. Llevamos unos días que no levantamos cabeza. Aquí somos así. Solidarios y preocupados por los demás. Nos enseñan las imágenes de las torturas en la prisión de Abu Ghraib y ni nos inmutamos. Es lo normal. Un fabricante de coches anuncia que va a dejar a diez mil familias sin azúcar y ni pestañeamos. Nos dicen que el Gobierno se ha rendido a ETA y no nos rebelamos. ¡Ah!, pero nos enteramos de que se nos deprime Ronaldo y hacemos de ello un problema nacional. Mucho más preocupante que la gripe aviar, la opa de E.On sobre Endesa y el resurgimiento de los Grapo. Podemos asumirlo todo, pero lo de Ronaldo sí que no. Que el fútbol es el fútbol. Esto sigue siendo España. Está cayendo un chaparrón de los que marcan época, de esos que van a pasar a las páginas de los libros de historia, pero nosotros, a lo nuestro. Preocupados por un tipo que gana 3.000 kilos. Ya dijo don Jacinto Benavente que la tontería de la humanidad se renueva cada día.