La convención del PP

OPINIÓN

04 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CONVENCIÓN del PP celebrada este fin de semana tiene una marcada connotación estratégica. Convocada a mitad de la legislatura en que es oposición y a diez años de la primera victoria en unas elecciones generales, su objetivo fundamental es prepararse para intentar volver al Gobierno de la nación. A ello se dedica una cierta renovación programática y su insistencia en la autodefinición como partido de centro reformista, que tiene su mayor caracterización en la defensa de las libertades. No son malas credenciales las exhibidas ni, en general, carentes de atractivo las propuestas. La cuestión es si tendrán el suficiente crédito en la sociedad española que, inevitablemente, hará sus comparaciones con lo que ha sido trayectoria de estos dos años. Ciertamente han valido para conservar el electorado. Si hemos de creer a las encuestas, el PP ha recuperado mucho terreno desde el adverso 14-M. Se habla de empate técnico por la escasa diferencia que revela la distancia del PSOE y del PP. De ellas se desprende que se ha producido más un retroceso del PSOE que un avance del PP, que el PSOE encuentra menos rechazos que el PP. Esto es fundamental para la batalla por el centro, en el que se gana o se pierde la contienda electoral. La dura y tenaz labor de oposición puede ahogar la aspiración de alternativa, cuya percepción es necesaria para la victoria. En esta etapa el PP ha ido a remolque de las iniciativas del PSOE, que cambia de acuerdo con el sesgo de las reacciones de la sociedad. Así ha sucedido con el Estatuto catalán o con la actitud acerca de víctimas del terrorismo. El argumento del condicionamiento del Gobierno al radicalismo nacionalista de ERC esgrimido de continuo por el PP le ha dejado varado cuando la corriente ha derivado hacia el vado de la centrista CiU. La autodefinición de Cataluña como nación, al quedarse en una fórmula descriptiva en el preámbulo del Estatuto y apta para una interpretación no inconstitucional, ha mermado la contundencia de la oposición del PP. Si las víctimas del terrorismo se manifiestan contra el Gobierno y eso le desgasta, se promete una ley en su favor y se ofrece un acuerdo al PP. Incluso el símbolo de la unidad de España, enarbolado por el PP, es utilizado en su contra para rechazar la opa alemana sobre Endesa. Es probable que muchas de las rectificaciones que ha realizado el Gobierno hayan tenido su causa en las posiciones adoptadas por el PP. En lugar de subrayarlas como algo positivo, se ha enrocado en el no absoluto, sin acertar a compatibilizar ambos pronunciamientos. La impresión sobre la coherencia y solidez de unos principios queda oscurecida por la de una actitud áspera y bronca, que retrae a quienes en el centro gustan de la moderación. Tendría que evitar que la firmeza de la convicción en unos principios se entienda como radicalismo. La aceptación de un Estado de las autonomías, por ejemplo, donde existen formaciones nacionalistas, requeriría utilizar un lenguaje que no impida en el futuro una colaboración, que fue posible en el pasado. A veces es cuestión de formas. La comunicación y la imagen imperan en esta sociedad, dominada por lo inmediato. En ese terreno el PP presenta un déficit. A pesar de su congénito sentido del humor y su bonhomía, Rajoy aparece en las intervenciones televisivas como si estuviese enfadado, en desventaja con la estereotipada sonrisa de Rodríguez Zapatero. Quizá el líder popular necesitaría presentarse más como él mismo, independiente de otras leales ligaduras. Es certero ocuparse políticamente de lo que preocupa a los ciudadanos, que, de otra parte, no quieren ser inquietados. Las cuentas públicas dan saldo positivo y las empresas obtienen beneficios récord. La convención hace bien en ocuparse, además, de la telegenia.