El regateo iraní

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

07 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

SI EXISTE una práctica que los orientales han convertido en arte es la del regateo. Desde Rabat a Kabul. Comprar un kilo de naranjas puede resultar un ejercicio dialéctico tan intenso como establecer las cuotas de exportación de petróleo. Puede que el vendedor necesite desesperadamente vender y el comprador esté muerto de hambre, pero ninguno llegará a un acuerdo sin discutir el precio del producto. Y eso es lo que pretende hacer Ahmadineyad con un tema tan espinoso como el desarrollo de la energía nuclear en su país. Consciente del apoyo popular, Ahmadineyad no duda en tomar el pulso a la comunidad internacional cuando le advierte sobre las serias consecuencias de que esta cuestión se convierta en tema de discusión en las Naciones Unidas. Si Irán fuese considerado un país pacífico, amigable y prooccidental como Pakistán o la India, su programa nuclear se desarrollaría con el beneplácito del máximo opositor actual, EE.?UU. El hecho de que la teocracia persa se erija, según Norteamérica, como el principal integrante del eje del mal, rete sin recato a Israel y sostenga la resistencia chií en Irak, es lo que realmente la convierte en una amenaza, no que tenga acceso a la energía nuclear. Otra cuestión es que Irán, aprovechando la animadversión que se siente hacia él, y con la excusa de defenderse, desarrolle un programa nuclear con fines bélicos. En este tenso clima, la OIEA dirigida por el sufrido El Baradei, intenta presentar un acuerdo para que Irán pueda desarrollar la investigación nuclear de forma segura bajo la estricta supervisión de un país con peso, como, por ejemplo, Rusia. Las posibilidades de que el regateo salve la cara de Irán y satisfaga a EE.?UU. son limitadas; sin embargo, son las únicas aceptables, ya que cualquier otra opción conllevaría una nueva intervención militar de consecuencias impredecibles.