LAS MEMORIAS infantiles y juveniles de Eugenio Granell, «visión orlada por estrellas, islas, árboles y antorchas», que se presentaron esta semana en su Fundación, son el prólogo de una vida artística narrado con imágenes fragmentarias, destellos de las planchas de su recuerdo, como él mismo decía, sutiles y delgadas, llenas de huecos, que fue destilando cuando vivía ya el epílogo de su existencia. Estas evocaciones aparecen siempre como desde una duda y una falta de erudición intencionada, no como una pose, sino como la descripción de su auténtica forma de ser. En estas reminiscencias se revela la inmanente señal de su cultura universal, que gira en torno a la música, la literatura y la pintura, y un mundo con rasgos decididamente surreales, como la revista SIR , de la que la Sociedad Infantil Revolucionaria editaba una tirada de tres ejemplares, o el hilarante torneo de refranes extravagantes que, para irritación del dómine, se establecía entre compañeros de aula: «Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre. Cuando menos se piensa salta la liebre». Decía Celestino García Braña que, al dar a luz estas memorias, estábamos asistiendo al nacimiento de una nueva ciudad. Porque la ciudad no es sólo una construcción de urbanistas y arquitectos, ni un producto de la voluntad de los políticos, sino, sobre todo, la plasmación de las vidas de sus moradores, y citaba el Buenos Aires de Borges. Granell manifiesta una infancia feliz en las calles y plazas, en los campos del exterior, en una Compostela clasista y clerical donde los paseos del gran parque de la Alameda estaban jerárquicamente segregados por estamentos. Según va devanando recuerdos muestra también la nostalgia, un deseo de retornar a aquella historia pasada, pero también la frustración al reencontrarse con alguno de sus conocidos de entonces y comprobar que nada es igual, o al preguntar por un nombre y darse cuenta de que ya no está, sentir el desgarro de saber que aquellos momentos idealizados no existen. El trabajo de Natalia Fernández al componer el puzle de la memoria de su padre da como resultado un libro muy recomendable para coruñeses y compostelanos y para todos los gallegos, por interesante y bien escrito. Quienes conocimos a Granell en sus últimos años comprobamos que prólogo y epílogo se parecen. Un joven-viejito, cultivado, elegante y simpático, pero sobre todo inteligente, artista completo y de izquierdas, que aconsejaba mirar más a la sociedad y sus diferencias que a las fronteras territoriales. En uno de los últimos capítulos propone reinterpretar el castellanos de Castilla de Rosalía en clave endocrina en lugar de imputar a un genérico otro nuestros propios males. En estas memorias se descubre al hombre sin tierra, quizá fustigado por el exilio obligado, por el maltrato de los vencedores, hijo de una patria difusa que le permite ensayar un concepto más moderno, más de futuro, que se puede plasmar en la doble ciudadanía coruñesa-compostelana. Nació allí, creció aquí, y no da a una cosa mayor importancia que a la otra. En ese sentido fue un precursor de algo que sin duda terminará por implantarse cuando el tren de alta velocidad haga de todas las ciudades gallegas una sola, si la política decide ir por delante con propuestas de hábitat y de relaciones económicas y sociales y no dedicar todos sus esfuerzos a la reivindicación.