DE TODAS las reacciones que ha producido el alto el fuego permanente anunciado por ETA, ninguna tan incierta y equívoca como la de un PNV que, a la vista de las precipitadas declaraciones del lendakari Ibarretxe, ha corrido a situarse en el centro del proceso de paz y, a la vez, al frente de las reivindicaciones nacionalistas filobatasunas. Un movimiento ciertamente oportunista y -por demasiado visible- también patético. Porque, lejos de abrirse a un futuro necesitado de calma (un proceso «lento y difícil», como bien dijo Zapatero), el lendakari vasco se ha apresurado a intentar adquirir posiciones de privilegio en el mercadillo de las negociaciones venideras. Pero esta vez el efecto no ha sido el deseado, porque el alto el fuego de ETA cambia el marco político, y el PNV ya no tiene quien mueva el nogal para dedicarse a recoger las nueces. Cabía esperar más del PNV, y quizá todavía el discurso de Josu Jon Imaz -más prudente y abierto- pueda remediar la situación. Porque, de no ser así, podría acabar por convertirse la ilegalizada Batasuna -con el paso del tiempo- en un interlocutor más fiable. Lo cual, siendo quizá malo para todos, sería especialmente malo para el PNV, del que se espera una respuesta a la altura de su historia y de las responsabilidades que tiene en la sociedad vasca. Hay ambigüedades que, ¡por fin!, parecen tener los días contados. Y la primera que debe desaparecer es la de que el PNV pudiese «necesitar» a ETA para rentabilizar políticamente su capacidad mediadora o apaciguadora. Es una sospecha que debe ser erradicada con hechos. El PNV es un gran partido vasco, y lo será más si, en vez de aherrojar o entorpecer el proceso de paz, lo favorece. Porque ésta es una de sus grandes responsabilidades, si no la principal. Y en este trance dará su medida. La realidad hoy es que, de prestar atención a sus primeras declaraciones, habría que prevenirse y tener cuidado con lo que el PNV pueda hacer. Mi criterio, sin embargo, es que esas declaraciones han estado condicionadas por la conmoción que causó el alto el fuego. Más allá de recelos legítimos, creo que el PNV encontrará el lugar que nadie le discute, pero que no es el de amo del cotarro ni el de rey del mambo. Por el bien de todos.