EL GOBIERNO sólo cumplió una parte del acuerdo con ETA en las conversaciones de Oslo y Ginebra. ETA había exigido mucho: presos fuera, un estatuto fáctico de independencia y buena posición de Batasuna en la parrilla electoral. El Gobierno parecía ir cumpliendo. De hecho aprobó un extenso y detallado Estatuto de Cataluña, primera prueba de credibilidad, cuya línea soberanista sería el modelo y cobertura para aprobar sin trabas el del País Vasco. Todas las competencias cruciales, intervencionismo a tope, poder económico y soberanía judicial. Cataluña, como después Euskadi, blindadas de cualquier influencia exterior española. Juntas, estas nuevas naciones tendrán además 66 diputados en el Parlamento de Madrid, por lo que podrán inmiscuirse y decidir en los asuntos que les interesen en lo que quede de España. La suculenta opa de Endesa es una muestra representativa. Los problemas imprevistos aparecieron vía encuestas; esos privilegios no gustan en el resto de España y Zapatero acusa un serio desgaste electoral. Alarmados, los estrategas socialistas escenificaron la aprobación del estatuto catalán con Artur Mas, el intruso líder de CiU; afeando a Carod-Rovira, socio en el Gobierno catalán e interlocutor de ETA. Pero éstos tomaron buena nota y mandaron el aviso. No hicieron el trabajo más duro y sucio para que lo capitalizasen unos advenedizos de salón. Aunque ajustarían las respuestas, no podrían desgastar frontalmente a Zapatero; lo necesitan débil, pero no hundido. Incluso apunta indicios correctos; su fiscal general evidencia sensibilidad en el tema de los presos. Y aunque hay dificultades con jueces y víctimas del terrorismo, todo se andará. Habrá medidas de gracia para unos y gestos para los otros. Después, con la independencia judicial del futuro Estatuto vasco, se cerrará el tema. Le dan aire con la tregua pero adjuntan un mensaje: ETA no tolerará maniobras gubernamentales para la marginación política de los suyos. Batasuna debe estar legalizada y figurar en primer plano televisado. Quieren ser reconocidos como los verdaderos artífices, la vanguardia histórica de la emancipación nacional. De ahí los comunicados de ETA, maximalistas, por la anexión de Navarra, la total Euskal Herria, exigiendo a Francia y a España, alertando para la movilización. No es lo que esperaban Zapatero y Rubalcaba. Ahora llaman al PP y le piden que se sume y sonría, que se suicide con talante. Las televisiones entonan aleluyas de la paz y los tertulianos oficiales glosan el angelismo político. La realidad es que ETA exige además protagonismo político para Batasuna; de lo contrario no se cierra el pacto. ETA no es ERC, que no se confunda Zapatero. El asunto está duro, cumplir el trato requiere mucha propaganda y que el pueblo español trague lo que le echen, se resigne y confunda la derrota de la inteligencia, la voluntad y la dignidad con la apariencia de paz y fraternidad. Y eso es muy difícil, incluso en esta baqueteada España.