AQUELLA cara circunspecta de los pasajeros que bajaban por las escalerillas de los aviones entre ocasionales destellos de glamur se ha modificado de forma radical con la popularización de los viajes, gracias a la competencia de las llamadas compañías de bajo coste, que esperemos tenga final feliz y no sea flor de un día. Hoy los aeropuertos son grandes hangares receptores de público diverso, y los rostros de los viajeros se demudan ante la inmensidad de estas nuevas catedrales. Ya dentro, nos comportamos con circunspección y procuramos movernos con nuestro GPS biológico por los espacios interminables. Hasta hace un mes sufríamos con paciencia los apretujones y las carreras por laberintos mecanizados de la que considerábamos ya como nuestra chabola particular, y al ver hoy la T-4 llena, cabe preguntarse cómo era posible que cupiésemos todos hacinados en la T-2 y la T-3. La ciudadanía es reacia a los cambios, y mientras no se le coge el intríngulis, las críticas fluyen por doquier, como suele suceder con la arquitectura de gran magnitud a la que se considera un intruso, incluso cuando la acertada silueta de un ave gigante se posa en el páramo de Barajas. Entre los críticos también se oye a los arquitectos, siempre autocomplacientes con sus obras y críticos con las de los demás, como cualquiera. Al menos, ha de reconocerse que cuando se intenta hacer arquitectura y no sólo construcción el camino desde la primera idea estética y funcional, su formalización de acuerdo con las demandas del cliente, la tecnología y la normativa, hasta llegar a la ejecución y su puesta en servicio, es un calvario donde de vez en cuando se acierta. El trabajo del combinado Rogers-Lamela con ingenierías punteras tiene la impronta del primero, un arquitecto de sólido pensamiento urbano, formalmente característico por sus estructuras mixtas que los dibujantes de cómic emulan en sus ciudades cibernéticas. La idea fuerza es la linealidad, la fluidez espacial y la modulación. Son dos enormes paralelepípedos, terminales autónomas enlazadas por un tren subterráneo, secuenciados a su vez en barras paralelas que se van cruzando gradualmente hacia el lado aire, mientras que al desembarcar la circulación horizontal y vertical se hace más confusa. Así, desde la plataforma de taxis se accede a la dispersa área de facturación y de allí, tras el ceremonial chequeo, cada día más impúdico, se llega a la zona de embarque llena de objetos, estalactitas y estalagmitas multiformes, y con vocación de templo del consumo, no imputable al diseño arquitectónico. Lo más llamativo es la cubierta alabeada, compuesta por perfiles curvos y por un delicado forro de lamas de bambú que esconde el enjambre de instalaciones, y horadada por grandes óculos centrales, sostenida por una robusta estructura de metal y hormigón. La crujía de acceso a los aviones es un paseo quilométrico propicio para toda clase de encuentros inopinados y donde no sería extraño que, en caso de aglomeración, se emitiesen aires marciales para hacernos marchar disciplinadamente. El problema de la T-4 y, en general, de estos paquebotes del transporte aéreo, es que a pesar de la estética con la carta de colores al completo, el aire y la luz controlados con tecnología punta, el murmullo suave de la climatización y las voces mansas de los pasajeros, al despegar por las nuevas pistas lisas cual patena se respira una sensación de alivio al abandonar la pequeña ciudad de las esperas.