TENEMOS la mejor organización de trasplantes del mundo. Gracias a eso los españoles tenemos más posibilidades de acceso a este recurso que cualquier otra persona. Pero no podemos dormirnos en los laureles y hay que reconocer que seguimos siendo egoístas, demasiado egoístas. Porque no hay mayor egoísmo que permanecer indiferentes ante el sufrimiento ajeno y no ofrecer lo que a nosotros ya no nos sirve y, sin embargo, a ellos les salvaría la vida. En Galicia, la tasa de familiares que rechazan ceder los órganos de su ser querido que acaba de fallecer es del 30,8%. Mientras, por ejemplo, 301 personas siguen en lista de espera para conseguir un riñón que necesitan como el aire que respiran. Saber esto estremece. Parece que sólo nos preocupamos por estas cuestiones cuando nos tocan de cerca, cuando el indigente es uno de los nuestros: entonces sí, entonces nos convertimos en impetuosos adalides de la causa y nos movilizamos hasta la extenuación, y maldecimos el egoísmo ajeno. Al atardecer de la vida nos examinarán del amor. Donde se pone amor, se saca amor. Cuando el alma se nos ha roto por la muerte de la persona amada, muchas veces imprevista y, por ello, más dolorosa, si cabe, no hay mayor ni mejor manera de honrarla y amarla que haciendo que algo suyo siga dando vida en otros, anónimos y desconocidos, pero no por eso menos acreedores del derecho a vivir. La causa de los trasplantes de órganos es inseparable de nuevas dosis de generosidad, de solidaridad y, en verdad, de amor. La donación de órganos es un amplio y precioso servicio social, un acto de generosidad, un deber de solidaridad, un ejemplo de compasión, una de las exigencias básicas de toda moral y de toda religión. No hay precepto divino alguno ni en el cristianismo ni en el islam que prohíba este género de intervenciones; al contrario, habría que decir que la donación de órganos es el postrer acto de oración que podemos ofrecerle a Dios. Junto a estas consideraciones, debemos denunciar el floreciente comercio internacional de órganos, con un flujo que va de los países pobres hacia aquellos países ricos en donde la tasa de donación es muy baja, la más penosa de las colonizaciones. Al tiempo que estimulamos a los investigadores que están trabajando para que un día la utilización de órganos de animales pueda solucionarnos el problema: el cerdo, el mejor candidato para ello, volvería a ser nuestro salvador.