La venganza de Sarkozy

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

29 mar 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO los coches empezaron a arder en toda Francia en noviembre del 2005, el presidente Jacques Chirac y el primer ministro Dominique de Villepin intentaron que la impopularidad cayese del lado del ministro de Interior, Nicolás Sarkozy. Hasta que vieron que Sarkozy, lejos de hundirse en las encuestas, ganaba adeptos con su severa política represiva. Entonces, Chirac y Villepin lo respaldaron incondicionalmente. ¿Qué ha cambiado cuatro meses después? Que es Dominique de Villepin el que arrostra la protesta popular por su imposición unilateral del contrato de primer empleo (CPE), que favorece la precariedad laboral. El presidente Chirac se ha enredado en un confuso llamamiento a la negociación, pero el ministro Nicolas Sarkozy ha lanzado su contraofensiva-venganza el lunes al discrepar del primer ministro y propugnar una auténtica reformal laboral que signifique la ruptura con el pasado e impida que Francia pierda el tren del futuro. Dicho en plata, Sarkozy ha rechazado el unilateralismo de Domique de Villepin (mostrándose favorable a que se retire la ley para negociar) y, a la vez, ha propuesto algo que va mucho más allá del raquítico CPE: un contrato único de trabajo de duración indeterminada cuyas garantías se reforzarán con el tiempo. Con lo que ha sorprendido al presidente, al primer ministro y a los sindicatos, enfrascados el martes en otro de esos éxitos de masas que, paradójicamente, amenazan con destruirlos. Porque la realidad es que el martes las calles francesas se llenaron de manifestantes, no siempre pacíficos, contra las medidas de precarización laboral defendidas por el Gobierno. Sindicatos y líderes estudiantiles se han ratificado (sobre todo después de conocer la posición de Sarkozy) en que no aceptarán negociar sin que antes se retire la ley. El ministro de Interior y candidato a la Presidencia, al desmarcarse, ha cambiado los términos de la confrontación. Mientras, Dominique de Villepin se debilita, Chirac busca una salida del pantano, y los sindicatos se preguntan hasta dónde pueden continuar su alianza con los estudiantes radicalizados sin verse arrastrados a una batalla que se los lleve por delante. Así de agrias están las cosas en la dulce Francia.