El fracaso de la prevención

OPINIÓN

10 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LA PREVENCIÓN es uno de los pilares básicos de las políticas sanitarias y sociales. En algunos ámbitos su eficacia está fuera de cuestión. Pero el concepto de prevención se torna problemático cuando se intenta aplicar a las conductas, juzgadas dañinas, de los seres humanos. Está en una posición idealista quien considere que basta reconocer el bien para seguirlo o que, para todos, la vida o la salud es el bien supremo. Sin entender esto no se comprende que el número de las mujeres que abortan, y el de las que lo hacen en más de una ocasión, se haya duplicado en los últimos años, justo en los años de la información sexual desde la infancia y del libre acceso a los métodos anticonceptivos. Ante este fracaso, debe generalizarse la facilitación de la píldora poscoital. Tampoco se comprende que el consumo de drogas y de alcohol comience, para muchos jóvenes, antes de los 15 años y que la respuesta a las campañas de prevención sea el macrobotellón. Como también resulta difícil de entender que el incremento y el realismo de las campañas de seguridad vial vaya de la mano del rosario continuado de muertes, especialmente de los más jóvenes, en nuestras carreteras. Ante la impotencia de las campañas de prevención se suele responder con nuevas campañas, con más folletos, con más spots publicitarios. Ante la impotencia de los mensajes, nuevos mensajes. Los consejos e indicaciones de estas campañas sólo parecen servir a los más sensibilizados, a los que los seguirían de todos modos y, al resto, a los auténticos destinatarios, parecen dejarlos indiferentes. En el automatismo de la respuesta se pierde la posibilidad de un examen más profundo del fracaso de las políticas de prevención. Este examen pasa por entender que las prácticas de consumo de tóxicos, o los actos de riesgo en general, tienen que ver con una renuncia a la palabra, con una crisis de los discursos, con el fin del pensamiento trascendente. Es el triunfo del no pienso ante las dificultades más íntimas y personales. Si la eclosión de las prácticas de desregulación, y de descontrol, tiene que ver con la pérdida del valor de la palabra, mal vamos si pretendemos prevenir el rechazo de la palabra con más discursos. Frente a esto, ya conocemos la respuesta del sujeto: «¡No me rayes!». En la época del individualismo a ultranza, no sirven las admoniciones morales universales. En la época en la que el sujeto sólo cree en sí mismo, y en la satisfacción inmediata, no sirven advertencias sobre el futuro. Tal vez la única respuesta eficaz tendrá que estar acorde con el individualismo del sujeto, tendrá que ser individual.