Compasión con Maragall

OPINIÓN

22 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL FILÓSOFO alemán Hans Magnus Enzensberger escribió en 1992 un largo texto periodístico, titulado Compasión con los políticos, que debería ser de lectura obligatoria en parlamentos y consejos de ministros. Su tesis esencial era que la política profesional en las modernas sociedades democráticas supone para quienes la ejercen «el adiós a la vida», «el beso de la muerte». Y esto porque el profesional de la política «se entera sólo de aquello que el filtro que está para protegerlo deja pasar» y sufre una progresiva «pérdida del lenguaje», dado que sólo en la intimidad puede decir realmente lo que piensa, pese a que su oficio consiste en hablar en público de modo casi permanente. Todo ello se traduce en el aislamiento social del político, en un autismo que crece cuanto más progresa en la jerarquía de su oficio: «Ese aislamiento -escribe Enzensberger- fundamenta su típica enajenación de la realidad y explica por qué él es normalmente, y con total independencia de sus capacidades intelectuales, el último que se percata de qué es lo que está pasando en la sociedad». Tan demoledor diagnóstico se completa con la extrema dificultad que los políticos profesionales tienen para abandonar una actividad que se va convirtiendo poco a poco en su prisión: «La carrera política funciona como una nasa. Tan fácil como resulta entrar en ella, tan escasa es la posibilidad de escaparse de ella. Al que se haya dejado atrapar tiene que parecerle como si sólo tuviera una salida: el camino hacia arriba». Ha debido de ser ese sentimiento, justamente, el que ha llevado a Pasqual Maragall a aceptar una imposición letal, que lo liquida como político, aunque sirva de momento para mantenerlo en su cómoda poltrona: la de incluir a Xavier Vendrell como consejero de la Generalidad de Cataluña. El nombramiento de Vendrell, responsable y pertinaz justificador del envío de cartas de extorsión exigiendo fondos para su partido a empleados de la Generalidad que nada tienen que ver con ERC, es un acto de humillación al que nadie con sentido de la dignidad y la autoestima hubiera estado dispuesto a someterse. Pero Maragall, ya en su estación término desde hace mucho tiempo, se ha negado a hacer lo único que podía haber salvado una trayectoria que el político catalán está achicharrando a paso de gigante: decir que no e irse a su casa. Por eso, viéndolo prendido en su nasa, incapaz de hacer otra cosa que aguantar lo que le echen para seguir un poco más, lo que sentimos, más allá de la indignación o la vergüenza, es una gran sensación de compasión. De compasión, sí, por ese pobre hombre esclavo del beso de la muerte.