CUANDO por fin en Irak han elegido un nuevo primer ministro, después de cuatro meses de debates parlamentarios; cuando de inmediato han salido a descalificarlo, tanto Bin Laden como Al Zarqaui; cuando un sonriente Bush anunció de inmediato que Irak ya tenía un jefe de Gobierno, es que algo importante se está moviendo en la situación interna de Irak. Al Zarqaui salió en Internet alentando a los muyahidines a continuar la guerra santa, a la vez que amenazaba a quienes quisieran declarar una tregua con el nuevo Gobierno. Dos días antes, el propio Bin Laden, jefe supremo de los muyahidines, había también hecho un llamamiento a la guerra santa contra los cruzados occidentales, lanzando proclamas de apoyo a los palestinos de Hamás que estos se apresuraron a rechazar, y justificando acciones terroristas contra Estados Unidos por haber rechazado su propuesta de tregua si se retiraban de Irak. Estas proclamas fueron precedidas por un terrible atentado en la ciudad turística de Dahad, en el Sinaí egipcio, con resultado de 21 muertos. Todo ello, en el plazo de una semana, indica claramente una concentración de esfuerzos que trata de dar la sensación de una guerra global en todo el Oriente Medio. Pero no es así. Probablemente Bin Laden, un buen estratega, intenta unir los tres conflictos de la región: Palestina, Irak e Irán. Cuando se recurre a este artificio estratégico utilizando los modernos medios de comunicación, Internet y televisión, es precisamente porque algo no les va bien. En efecto, son tres conflictos y tres soluciones distintas que no se pueden globalizar, aunque en todas ellas Israel y EE.?UU. tengan un interés común. A pesar de los obstáculos que se presentan, podemos pensar que algo se mueve en los tres conflictos, aunque sea con pasos muy tímidos.