CARLOS G. REIGOSA
04 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LO DECÍA en los años sesenta la cantante Joan Baez: «El mayor mal es la pasividad». Y creo que tenía razón. La pasividad es lo más repugnante de nuestras vidas. Y me refiero, claro, a la pasividad ante la trata de blancas (¡que se produce ante nuestras propias narices!), a la pasividad ante el tráfico de drogas (ésas que les ofrecen a nuestros hijos en cualquier club de mierda), a la pasividad ante la corrupción modelo marbellí (porque no es Marbella la única Marbella de España), a la pasividad ante la precariedad del empleo juvenil que desestructura las vidas de quienes debieran prepararse para tomar el relevo (los sindicatos vociferan sin credibilidad y con desgana, como si no fuese con ellos), a la pasividad ante la inseguridad ciudadana (que ya casi no es noticia, excepto si hay muertos), a la pasividad ante la proliferación de sectas de toda clase y peligro (que ya no se sabe cuántos cientos hay), a la pasividad ante la pasividad, sin duda la peor de todas. «Íbamos a convertir este lugar en un sitio mejor, pero resulta que han matado a John Kennedy, a Martín Luther King», se lamentaba Bob Dylan en los mismos años en los que Baez denostaba la pasividad. Pues bien, nos siguen matando a los mejores y la pasividad sigue en alza, sin que nadie dispare contra ella.