De la ría de Ribadeo a la de Vigo

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

11 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

C-UANDO hace una semana salí de Galicia me quedé preocupado por una noticia que leí en la prensa pequeña. Un ataque de furor localista de nuestros vecinos asturianos les llevaba a reclamar el cambio de topónimo para la ría de Ribadeo, confundiendo el nombre del río con el de la ría, lo cual, si en ninguna otra ocurre, en aquélla donde el río Eo desemboca está todavía menos justificado porque el componente geomorfológico de la ría ribadense ha sido definitivo en su formación, a la cual el río colaboró activamente. Y en estos pensamientos geográficos estaba cuando se me ocurrió un juego mental. Me puse a enumerar cada una de las rías gallegas denominándolas por el nombre del río principal que en cada una desemboca. Y al hacerlo, me reí abiertamente de lo ridículo que tal ocurrencia tenía. Hagan ustedes la prueba y verán cómo también se ríen. Claro que cuando lo que se juega es una señal de identidad, un principio de autoidentificación, una denominación históricamente consolidada, a la risa ya no le queda sitio. ¡Son tremendos estos localismos! Al cabo de la semana regresé, y el avión me dejó en Peinador. Atardecía, y el sol del crepúsculo iluminaba las laderas del Morrazo. Un efecto que ya desde el avión me había mostrado señales de vertidos, rellenos incontrolados y pátinas aceitosas alterando el agua. Cuando encaré O Morrazo, los impactos visuales en el paisaje me dieron en el morro. Y más cuando, al volver la mirada, me encontré las grandes canteras que empiezan a rodear la ensenada de San Simón. Y entre una ría a la que le quieren robar el nombre y otra a la que le quieren robar su belleza, me quedé suspendido en la melancolía que en aquellos momentos flotaba sobre las tersas aguas. Como el poeta medieval, quedé «esperando ao meu amigo», «e cercáronme as ondas», pero esta vez fueron de desidia, de negligencia, de incultura. Claro que al llegar a mi casa de Oleiros y otear la embocadura ártabra, reparé una vez más en el tremendo impacto visual de un cabo Prioriño mutilado por un puerto nuevo, que hizo del viejo promontorio una especie de muñón raspado. Y pensé en aquellas ecociudades de Shangai pensadas para regenerar el paisaje, y en el puente del Oresund escandinavo, y pensaba en lo que en todas partes se esfuerzan para recuperar, restaurar, restañar lo dañado. Mientras, aquí seguimos por el camino de ida que nos lleva una vez más a un destino que otros demostraron ser insostenible. Hemos de convenir por eso que seguimos en el atraso.