Toda España añora a Pujol

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

12 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

AUNQUE algunos lo habíamos advertido, nadie podía imaginar que el fiasco del Estatut iba a alcanzar los niveles actuales. Y aunque Zapatero salve sus muebles con un ajustado y escuálido en el referéndum de junio, nadie debe tener dudas de que el buen modelo autonómico que teníamos -mezcla de disposiciones jurídicas y actitudes políticas- ha quedado inservible, y que pronto estaremos obligados a reconstruir las disposiciones y consensos que tan maltrechos han quedado. La responsabilidad de esta desfeita no es sólo imputable a las presiones de un nacionalismo oportunista y falto de realismo político, ni a la incapacidad que estamos teniendo para repensar España en el marco de la modernidad posestatalista y posnacionalista de la que hablara Habermas, ni en la decepción provocada por equipos de juristas y académicos que, bajo la pátina de un discurso brillante, mostraron de hecho una enorme incompetencia. La verdadera causa del fiasco fue la acción de políticos imprudentes que, careciendo de las mínimas posibilidades para afrontar una reforma constitucional y estatutaria adecuada, y sin haber madurado los consensos que deben preceder a la apertura del melón, optaron por la audacia política y por encomendar todo su proyecto al «Dios proveerá». Y así los vemos ahora, políticamente encuerados, en un furibundo avispero. Si se trata de poner nombres a este esperpento, no tengo ninguna duda de que las imputaciones esenciales recaen sobre Maragall y Carod-Rovira, que per modum unius decidieron pasar a la historia como los refundadores de Cataluña y sucesores directos de Wifred el Pilós. Pero también es evidente que Artur Mas y Rodríguez Zapatero deben ser calificados como colaboradores necesarios de un desastre en el que el primero buscó y encontró las rentas de partido, y del que el segundo no supo librarse a tiempo y con visión de Estado. Los dos serán, a corto plazo, los pírricos ganadores del juego de la oca. Pero ambos serán recordados en la crónica política -la historia es demasiado grande para esto- como los políticos que, estando en el lugar y el momento preciso para mantener el rumbo político de la transición, optaron por el regate corto y por forzar un penalti de piscina en el último minuto. Así las cosas, la idea que más se escucha en los cenáculos de Sevilla, Bilbao, Valencia o Madrid es que «con Pujol no pasaban estas cosas». Porque Jordi Pujol era un nacionalista abierto a la modernidad, que tenía visión de Estado y vocación europeísta. Por eso lo recordamos ahora con tanta añoranza, cuando ya es tarde para comprender que no se gana nada rebajando la calidad de la clase política y atropellando el futuro sin una hoja de ruta.