HA COMENZADO con el repudio de Carod Rovira en el tripartito. Fue útil en su momento, al conseguir en Perpiñán que ETA declarara a Cataluña como zona libre de atentados. La alianza entre la izquierda y el nacionalismo radical podía avanzar triunfante en una senda de paz asimétrica que implicaba la marginación de los ciudadanos molestos. Su hegemonía se plasmó en un Estatuto independentista avalado por el presidente del Gobierno. En Madrid vieron sus efectos adversos en las encuestas; entonces lo retocaron levemente, a la vez que Zapatero mudaba de socio, posando con Artur Mas. Pero en otras comunidades cundió la alarma y se aceleró la vorágine soberanista: todos somos una nación especial, proclamaron. Y sacaron los argumentarios más favorables para exigir inversiones amarradas de lo que pudiera quedar de España. Se extendió así la nueva picaresca nacionalitaria, «a quien el Estado se lo dé, el Estatuto se lo bendiga». En el gran flanco caliente, ETA comprobó que se daban las condiciones para ganar en el campo político su larga guerra independentista. Distorsionó el lenguaje y llamó alto el fuego a lo que no era pausa ni parada militar, sino la verdadera ofensiva final. ZP tiró de talante y pidió una oportunidad para la paz; Rubalcaba la oficiaría cabalmente tras la remodelación del Gobierno. Otegi la garantizaría a pie de pota, el Gobierno iría acercando presos, soltándolos según baremo presentable y se legalizaría Batasuna a la que ya estiman socio natural algunos socialistas vascos. Ahora el histrión de ERC está amortizado. Es reemplazable por el pedante oportunismo de CiU. Quedan dos obstáculos para un final apoteósico, la AVT y el PP. Alcaraz es un hueso duro de roer, y las víctimas, la dignidad de una tierra quemada. Está difícil. Lo del PP tampoco es fácil. Los hay como Gallardón y Piqué que están por el juego floral, pero sube Aguirre. Rajoy quiere lanzar el partido, si bien percibe que aún no domina las artes escénicas. Sabe de la carga de la última etapa de Aznar y que el partidismo mediático lo abrasará ante cualquier desliz. Además los poderes fácticos están implacables, véase el acoso a Zaplana. Aunque a grandes retos grandes respuestas y tal vez se decidan a comprometerse a fondo. Aquí en Galicia parece que nada importante sucede; el bipartito se recluye en un sueño aislacionista, vendiendo el cuento de un librito mágico llamado Estatuto que convertirá nuestros deseos en euros. El PP recela de la fábula e insiste en que las obras del AVE son amores y los textos sin fondos no buenas razones. En fin, de ilusión también se vive, pero hoy lo decisivo se representa en el escenario nacional.