REMIRANDO viejas notas de prensa, rememoré aquellos viajes navideños en el tren llamado El gallego . Muchos emigrantes, somnolientos y cansados, regresaban también de sus trabajos europeos. Todos éramos del país, pero unos venían de la emigración y otros de nuestros estudios universitarios. Ellos cantaban ¡Que viva España! Nosotros, al compás de la guitarra, coreábamos a la que hacía de Joan Báez. Eran dos mundos en un mismo país. Y así me quedé suspendido un rato, en una elocuencia evocadora. Abrí después la prensa del domingo, y otra fue la España que vi. Por un lado, el esperpento político catalán; más abajo, el asunto de Terra Mítica; dando un salto, los secuaces marbellíes de Alí Baba, y la nueva realidad nacional andalusí. En Madrid, el árbol de Tita Cervera, hoy baronesa, renovando la encontrada relación entre Gallardón y la Esperanza, que no es más que un chiste verde ante la bronca permanente de los populares avezados por los socialistas. Los navarros, en mi querida segunda tierra, tan preocupados como ayer por la anexión a Euskadi. El País Vasco preparando el primer acto de un previsible segundo esperpento. En Canarias, sin saber qué hacer con la avalancha de los pobres africanos que, como los otros inmigrantes, nos invaden a miles, por aquello de que lo importante es entrar. Y en la tierra del esperpento, en la nuestra, los trenes siguen sin llegar, y los inversores también; la errática política industrial, si es que la hubiere, como la turística aún más desconocida, o la rural, más llena de intenciones que de realidades, y otras estrategias sectoriales ignotas, salvo la ambiental y la urbanística, componen un cuadro que aún no llega al esperpento, pero que puede llegar a serlo, si como a los demás galeuzkos les ocurre lo único importante les parece ser lo del estatuto. Porque sobre todos planea una brisa de intervencionismo social, de control de la libertad de expresión, de sectarismo partidista. Además, de vez en cuando sopla el viento de una borrasca económica , de la subida del precio del dinero, de la caída del ahorro y del consumo, del estancamiento de la construcción, del incremento del precio del petróleo y de no sé cuantas noticias más. Hasta los sellos nos traen malas noticias; es lógico, porque nuestra proyección exterior se apaga. Me doy cuenta de que necesito unirme a los que cantaban la canción popular en el tren, porque la otra, la de la política, ni siquiera me deja tararear dos notas de ilusión. Y los políticos, tampoco.