Una de zorros

| LOIS BLANCO |

OPINIÓN

NINGÚN paisano pone a un zorro a cuidar las gallinas del corral, porque no se fía. Pero Cacharro ha sido capaz de poner al frente de la comisión interna para investigar el presunto fraude en la Diputación al vicepresidente de la institución que estampaba su firma en las adjudicaciones de las empresas que ahora persigue el fiscal. Puede ser un signo de altanería o de desesperación. Si es lo primero, Cacharro comprobará que ya no tiene músculo para echarle un pulso a una sociedad más formada e informada que recela de su decisión. Si es lo segundo, mejor sería que renunciara a cavar trincheras en las que parapetarse ante una acción judicial, por politizada que a él le parezca. Sea su elección por una razón u otra, la gente corriente la observa estupefacta. Otro capítulo de un culebrón, seguro, que de triste final.