EL TABLERO político en Galicia se asienta en las tres patas que son las formaciones con representación en el Parlamento. La estabilidad puede asegurarse también con dos. El sistema democrático no admite que exista un soporte único. Aparece ahora el intento de asentar el tablero sobre cuatro. Se llama Terra Galega, que se presenta con un carácter centrista y nacionalista: Galicia, a nosa forza. Es un nuevo intento plausible que pretende, según los promotores, empalmar de algún modo con lo que significaron Coalición Galega y Unidade Galega. No he de ocultar mis simpatías a la iniciativa, en lo que con toda seguridad haya nostalgia y ponga más corazón que cabeza. Sería inconsecuente si no recordara reflexiones públicas sobre la conveniencia de un centro gallego en el que, por referencia a lo que denominamos «a nosa terra», como elemento aglutinador o convergente, puedan encontrarse con naturalidad personas de diferentes orientaciones. En el peculiar cuadro de Mendeleiev de la mineralogía política gallega es posible que exista sin rellenar ese hueco teórico. ¿Existe como posibilidad inmediata? Por mucha autonomía que tengan socialistas y populares, no podrán desligarse, con sus ventajas y sus inconvenientes, de su consideración de partido estatal. El BNG, pese a la entente Galeusca con PNV y CiU y el acuerdo de Barcelona, se sitúa en la izquierda. El centro, como en los partidos de fútbol, es el terreno a conquistar. El 2006 no es 1977 cuando surgió una sopa de letras, que las elecciones han ido eliminando. Los tiempos actuales no propician aquellas aventuras, pero permiten otras opciones. El poder municipal sigue siendo importante. Basta un concejal en un ayuntamiento para contar con la terminal de un partido, lo que equivaldría a una sede local, con las facilidades que ella requiere. De otra parte, las próximas elecciones municipales constituyen una oportunidad, o una tentación, para candidaturas que, por razones diversas, no se vean bajo las siglas de los partidos ya consolidados. Agrupar esfuerzos ofrece el atractivo de procurar una rentabilidad que no se obtendría aisladamente. En ese sentido juega la aspiración a poder formar parte de las diputaciones provinciales. La nueva formación política aspira a representar un nacionalismo moderado. No parece que ese eslogan establezca una delimitación nítida, si se erige en la única nota definidora. Lustros de autogobierno enseñan, en cambio, que el autonomismo es una idea real y fecunda con la que fijar fronteras claras con fuerzas de configuración estatal y nacionalista. Está por estrenar. Para unos puede ser una dificultad; para otros, insuficiente. Hoy por hoy, como han demostrado las últimas elecciones, en Galicia existen dos opciones de Gobierno: la coalición de socialistas y BNG o la mayoría absoluta del PP. No existe otra alternativa. Hasta ahora ha funcionado. Podría cambiarse también el signo de la mayoría absoluta. Una cuarta pata será o no viable, pero produciría más variedad de combinaciones. Reduciría las distancias cuando hubiera necesidad de coaligarse para gobernar. En todo caso, como expresión de la libertad, merece ser considerada.