ESTA vez no hubo cambios en la cabeza de la tabla, ya que el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición empataron a cero en el debate sobre el estado de la nación. Todavía en zona caliente, se pudo ver a Durán i Lleida disfrutando de la clasificación de CiU para la Champions League de la política española, mientras el PNV trataba de meterse en las conversaciones de paz a través de la Intertoto. En la parte baja, por el contrario, con ERC matemáticamente descendida, también pudimos contemplar al crac Puigcercós tratando de paliar la goleada que le metieron en el Estatut, e intentando disimular que el despecho de Zapatero les ha convertido en poco más que un cero a la izquierda en los balances del debate. Rodríguez Zapatero confundió la estadística con la política, como si el estado real de la nación se pudiese medir por el número de guardias civiles y jueces que ganaron sus oposiciones en los últimos años, o por el número de familias que se conectaron a Internet por banda ancha. Y Mariano Rajoy confundió la oposición con el pesimismo, como si a base de descalificar todo lo que se hace, de guardarse para sí todas las recetas, y de no reconocer ni un solo acierto al enemigo, se pudiesen ganar las elecciones y formar un gobierno de pura reacción. El único que metió la gran política en el debate fue, como tantas veces, Durán i Lleida, que, sin hacer ninguna concesión al electoralismo, abordó con rigor y seriedad la pacificación del País Vasco, la situación de desconcierto que vive Europa, la grave falta de iniciativa que afecta a la política energética, las dudas que provoca la política hidrológica, y el análisis de las políticas vertebrales -servicios sociales e infraestructuras, principalmente- que condicionan el balance de esta legislatura. El debate del estado de la nación no tiene sentido alguno si sus dos protagonistas -PP y PSOE- juegan al regate en corto. Y por eso debemos considerar un pésimo síntoma el que, en vez de volar alto y repasar las grandes claves de la política española, tanto Rajoy como Zapatero se hayan enzarzado en un combate de segunda, en el que sólo pudimos ver pequeñas y aburridas maniobras y alguna que otra marrullería. El árbitro Marín, como siempre, pésimo. Y la idea de que este tipo de debates pueden servir para conectar a la sociedad con la política y los políticos, ya sólo alienta en los ilusos. Pero no quiero terminar sin decir que la responsabilidad de este resultado no alcanza a todos por igual. Porque el que dispone de todos los elementos para determinar la altura y calidad del debate es el presidente del Gobierno. Y esta vez es evidente que Rodríguez Zapatero no estuvo al nivel que se esperaba.