EL ÚLTIMO debate sobre el estado de la nación ha sido un mero trámite. El presidente se desenvolvió con comodidad aportando cifras que cubren otras que se ofrecen de contrario, y cuando la cobertura no es suficiente siempre pueden realizarse promesas -como en el enterrado Plan Galicia- o acudir al pasado, aunque no sea académicamente ortodoxo, para neutralizar la crítica. La comodidad quedaba asegurada por el presumible acuerdo de que el líder de la oposición no trataría de lo que hoy constituye la cuestión central: la negociación con ETA y el reconocimiento de la sólo formalmente ilegalizada Batasuna como interlocutor político. En la primera parte de la sesión fue cumplido por el presidente. No puede decirse lo mismo en relación con la segunda, aunque fuera por iniciativa de terceros. Hubiera podido evadirse cortésmente, remitiéndose a la prevista comparecencia en el Congreso para tratar monográficamente de tan importante asunto, en el que ha puesto tanto interés y tanta prisa en impulsar. El incumplimiento de lo pactado no contribuye al entendimiento con el PP, cuya conveniencia viene reiterando públicamente, ni favorece la credibilidad como gobernante. Superado el trámite de la sesión parlamentaria, con una rapidez clamorosa y sin solución de continuidad, se ha seguido la hoja de ruta, que se está cumpliendo de un modo implacable. La entrevista del PSOE con Batasuna, por más que se juegue con las palabras, es de carácter institucional, no de personas individuales y, además, de índole política, no deportiva, ni cultural. Se trata de una legalización real, al margen del poder legislativo y del judicial, a los que se deja varados en una suerte de inmovilismo formalista. Por todo esto, resulta ingenuo, cuando menos, sostener como hizo el líder de la oposición que el presidente del Gobierno carece de proyecto. El tiempo transcurrido desde su investidura arroja los suficientes datos y proporciona adecuada perspectiva para percibirlo. Tiene mucho que ver con el objetivo de permanecer en el poder con mayor comodidad que en el presente, a lo que se liga un determinado entendimiento del Estado y de la sociedad. Aunque domine en la sociedad lo inmediato, en esas cuestiones de largo alcance, cuyos efectos se notarán más adelante, es donde debería auscultarse el estado de la nación, más allá de síntomas superficiales. No se trata de un punto más o menos de la inflación, o del coste de la hipoteca o de otras cuestiones cuantificables, importantes para la vida cotidiana, sino de cómo se está configurando el Estado y la sociedad para el futuro. Resulta muy sintomático que haya necesidad de que las grandes palabras y los valores que representan vuelvan a ocupar el centro de la atención porque dividan a la sociedad. En torno a lo que se percibe como proyecto fundamental y su hoja de ruta habrá que discutir y activar a la parte más inerte de la sociedad. Es la actitud que corresponde a un estadista. La paz es una de esas grandes palabras. No debe procurarse con menosprecio de la Justicia, ni aprovechando el egoísmo de «a cualquier precio», que envilece la dignidad colectiva. En ese terreno se lidiará nuestro futuro. Al jefe de la oposición corresponde torear a cuerpo limpio. El titular del poder no debería ampararse en el burladero de la ambigüedad, del doble lenguaje.