CARLOS G. REIGOSA
08 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL PERIODISTA judío argentino Héctor B. Kuperman, impecable analista de partidas de ajedrez, se asombraba en su Buenos Aires querido del «enorme parecido que hay entre judíos y gallegos emigrantes». Me lo decía en Madrid: «Vós no lo podés entender ni yo lo sé explicar, pero lo cierto es que me fijaba en ellos y no veía la diferencia». Le pregunté a qué parecido se refería, pero nunca me respondió con claridad. «¿Verdad que parezco gallego?», replicaba entonces, socarrón e irónico. Yo no hubiera recalado ahora en esta cuestión secundaria si no acabase de leer (en un libro de Fernández Naval) que Luis Seoane le decía al escritor Julio Cortázar que el pueblo gallego de la emigración era como el pueblo judío del éxodo. Entonces me acordé del viejo y mordaz Kuperman, quien me contó que un día conoció a un antisemita imbécil que se pasó el tiempo diciéndole lo mucho que admiraba el humor de Chaplin, los hermanos Marx y Woody Allen, todos de origen judío. «¡Menos mal que eran gallegos y no judíos», le dijo Kuperman. El antisemita no salía de su perplejidad: «¿Gallegos?»... Recordándolo con humor, Kuperman me decía: «Tú fíjate bien en su humor y dime: ¿no podían ser gallegos?». Nunca me atreví a pensarlo.