HACE ya muchos años, demasiados años, un amigo que ya no está me dijo: «Si quieres ganar dinero, compra una leira de esas». Mi amigo era concejal, y veinte años después, donde estaban las leiras había edificios de lujo. Pero yo ni tenía, ni podía, ni quería. Pasado mucho tiempo, me contaron otras historias como esas, sólo que en grandes dimensiones. Y entonces querían, podían y tenían. Son conversaciones de candil, conversaciones en la intimidad. Después me fui enterando de demasiadas cosas, unas eran conversaciones de toma y daca entre poderosos o influyentes; otras, negociaciones mentirosas, engañosas, fraudulentas entre el político local y los antiguos emigrantes, y muchas más negocios bien amañados donde todos ganaban algo, y unos pocos mucho. No se precisa ir a Marbella, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, en los barrios de esas ciudades, en las playas, en los acantilados, en toda nuestra geografía humanizada, se sabe de esas conversaciones, de esos tratos. ¿Si las leiras hablaran? Hoy son los amigos de la directiva de un club de fútbol y un alcalde directivo también; ayer fue el primo del ministro o un político convertido en empresario enriquecido, y otros mañana seguirán el testigo. De la mayoría nada se sabe, de unos pocos se rumorea, y de algunos se sabe más de lo debido. Pero el negocio sigue y seguirá, mientras la principal fuente de enriquecimiento personal, de financiación de los partidos, y de pago de favores sean la plusvalía del suelo, los beneficios de la promoción inmobiliaria o las ganancias de una concesión amañada. Lo peor es que esas conversaciones de trastienda la ley no las puede prevenir, porque no las conoce, y si las conoce es porque en lugar de ley es una trampa manipulada. Claro que los generadores del planeamiento urbanístico lo saben o lo pueden saber, que los redactores también deben intuirlo, y que quienes autorizan planes con exagerados crecimientos demográficos saben también que esa estimación no es más que un truco de un fraude encubierto. Mientras muchos piensen que el fin justifica los medios, y así piensan más de los que parece, y que el enriquecimiento es el principal factor de éxito social, y que la posesión del dinero a otros doblega, la corrupción seguirá existiendo, porque hay cosas que ni la ley ni la técnica pueden resolver. Hay cosas que sólo se resuelven en la honradez, en la ética, en los principios o en los valores, y no me refiero a los inmobiliarios, naturalmente. Pero de alguna manera todos somos cómplices de esta corrupción generalizada. Lo de Nigrán no es más que un caso. Hace falta un cambio radical hacia una política urbanística más abierta y participativa. Más clara, más comprensible -por más y mejor explicada- y más fácil de entender. ¿O será que no se quiere que sea entendida?