El médico que nos ató a la tierra

Leoncio González

OPINIÓN

¿Por qué no se le dedica el Día das Letras? La importancia de su obra ensayística en gallego lo justifica y, además, sería una ocasión para popularizar la figura y el pensamiento de este médico humanista que vio en la relación con la tierra un signo distintivo del alma gallega.

09 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

En la creencia hoy generalizada de que el sentimiento de pertenencia a la tierra es parte esencial del encofrado identitario de los gallegos juega un papel de primer orden un médico que nació tal día como hoy hace 101 años. Se llamaba Juan Rof Carballo. Es, junto a Ramón Piñeiro, Celestino Fernández de la Vega, Domingo García Sabell y Francisco Fernández del Riego, uno de los artífices de la recomposición de la tradición galleguista que se produjo en torno a la Editorial Galaxia tras la Guerra Civil. Además de esto, puede considerárselo uno de los padres fundadores del ensayo gallego contemporáneo, con obras como Mito e Realidade da Terra Nai, publicada en 1957, en las que busca fundamentar sobre bases sólidas el carácter diferenciado del alma gallega: razón por la que se han convertido en punto de partida obligado para todos los que se enfrentaron a la misma cuestión con posterioridad. El espacio, la tierra, el paisaje son previos al pensamiento y al lenguaje para este médico humanista, discípulo de Novoa Santos y colaborador de Gregorio Marañón que, según propia confesión, espiaba en su etapa de estudiante en Viena por las ventanas del Café Central por si se encontraba dentro Freud. En opinión de Rof, el paisaje, la tierra, están inscritos en la organización neuronal de los recién nacidos, como consecuencia de milenios de evolución. En consecuencia, conforman un vínculo con «cientos de millares de madres, abuelas, tatarabuelas». Nos unen a «cientos de millares de hombres fuertes y sencillos, torpes o apasionados, lúcidos, apocados o bravos» que a lo largo de «miles de milenios» fueron «tejiendo con su amor y con su odio esta urdimbre escondida y secreta de la que yo he nacido». No es extraño que autores, como Manolo Rivas, hayan visto en este cordón umbilical con la memoria que representan la tierra y el paisaje un anticipo del compromiso ecologista hoy en boga. Llevado a sus últimas consecuencias, el pensamiento rofiano es una invitación al conservacionismo que pregona el ideario verde. Pero donde mejor se constata la condición de precursor de Rof es en su obra científica. Su concepto de «urdimbre afectiva», que subraya el papel de las emociones en el comportamiento del individuo, se adelantó a corrientes intelectuales de ultimísima hora, como la inteligencia emocional abanderada por Daniel Goleman. Y su idea de que la relación transaccional con los otros es constitutiva del sujeto enlaza con escuelas de rabiosa actualidad como el interaccionismo. ¿Por qué, a pesar de esto, avanza tan rápido hacia el olvido? Probablemente, por la conjunción de dos circunstancias que actúan en contra de cualquier científico en Galicia. En primer lugar, la tendencia a regatearles la gloria que se otorga con creces a los literatos. Un libro de versos, una obra de teatro, convierten a su autor en un héroe mientras que un hallazgo médico, una innovación física, un avance técnico, se despachan con letras pequeñas. Si además la difusión se ha hecho en castellano y no son directamente aprovechables por ninguna de las parroquias en que se subdivide el universo cultural, su autor quedará convertido en lo que era un lejano en La Guerra de las Galaxias. Nadie se atreverá a levantar un dedo en su contra, pero tampoco se sentirá obligado por el imperativo de mantener viva la llama.