NOS SENTÁBAMOS en torno a una amplia mesa circular. Cada uno ofrecía a los demás su visión de España. Como ninguno de los presentes era político ni periodista, la política nacional no llegó a centrar el ámbito de sus comentarios, ni tampoco la internacional. Sólo algunas breves y rotundas frases de hastío hacia un determinado modo de hacer política, y de desilusión ante la escasa calidad profesional y humana de muchos de los políticos activos. Ni el lío de los estatutos, ni la complicada trama vasca, ni el asunto de la energía, ni nada de estas cosas que ocupan habitualmente las páginas de los medios, que algunos calificaron de manipulación. Bajo un ambiente escéptico y desconfiado, empezaron un juego sencillo y aparentemente divertido. Se trataba de enumerar aspectos de la vida española que destacan en el contexto europeo. Y empezaron a brotar frases reposadas, pero llenas de pesimismo. Dice uno: «Somos de los primeros en el inicio del consumo de cocaína y drogas de diseño»; «somos también cabeza en el fracaso escolar, y en el absentismo universitario», dice otro. Vamos en liza con la diversión en la calle, con el botellón que alarga la movida nocturna hasta de los más jóvenes. También por eso, decía otro, tenemos el mayor índice de consumo temprano de alcohol. Una señora intervino acusando al grupo de tener una visión pesimista de los jóvenes actuales, porque tanto negativismo podía impedir ver lo mucho que también hay de bueno en las nuevas generaciones. A lo cual terciaba otra: «Ello no implica que el índice de esfuerzo y capacidad de aguante sea muy bajo en los rapaces de hoy». Tanto que un joven profesor cántabro auguró: «La próxima generación de profesionales estará formada por los hijos de los inmigrantes, por su mayor afán de superación y sentido del deber y del esfuerzo»; y apostilló: «Frente a la pasividad y atonía actual». Afirmación que hizo abrir los ojos a una reposada dama y aumentar el asombro general. Saltaron después al tapete los incrementos de las mafias de delincuencia organizada, de la inseguridad ciudadana, de la violencia de género y, naturalmente, de la corrupción política y de la especulación incontrolada. Y no faltaron las alusiones a nuestros mejores deportistas y científicos en destino ajeno. Como la atmósfera empezaba a ser demasiado pesimista, el colectivo decidió pasar a juegos menos serios. Pero antes de terminar un ocurrente contertulio dijo: «Otra vez España es diferente, pero ahora no por distinta, sino por peor». No sé lo que pensarán ustedes, pero tal vez sería conveniente una descarga política a favor de una estrategia social, asociada a un rearme de valores humanos, y por eso personales y sociales.