Una mañana de hace 45 años, el escritor Ernest Hemingway se levantó y echó mano de su escopeta favorita. Pero en vez de salir de caza, se apuntó a la cabeza y se quitó la vida. Su suicidio ha sido tan discutido como la propia biografía y la obra literaria del autor.
01 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Parece poco probable que alguien que haya vivido y sobrevivido a tres terribles guerras ?la civil española y las dos mundiales? ponga fin a su vida de un balazo. Pero el escritor norteamericano Ernest Hemingway, tres semanas antes de cumplir 62 años, lo hizo. Eligió para ello su escopeta favorita, comprada en Abercrombie and Fitch, y ejecutó un suicidio que venía precedido de otros intentos fallidos. Su muerte fue tan discutida ?en apariencia, no para la Iglesia católica, que determinó que el escritor no estaba en pleno uso de sus facultades mentales y permitió su entierro en suelo sagrado? como su vida y su propia obra literaria. Abrumado por la depresión y el alcoholismo, el Hemingway crepuscular fue sometido a terapia de shock. El tratamiento se tradujo en una pérdida de memoria y, según algunos, en las primeras tentativas de quitarse la vida. Sin embargo, el fantasma del suicidio acosó a los Hemingway a lo largo de varias generaciones. El padre del escritor, Clarence, sus dos hermanas, Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux, se despidieron de este mundo por su propia mano. Esta circunstancia familiar ha inspirado otra teoría, la de un factor genético que explicaría una cierta predisposición al suicidio. Los defensores de esta explicación ven en la hemocromatosis, un exceso de hierro en la sangre que podría causar daños en el páncreas e inestabilidad en el cerebro, una posible causa de suicidio, ya que la enfermedad estaba presente en la rama paterna de la familia de Hemingway. La maldición debe de tener su morbo, porque otra famosa del clan, Muriel, ha visto más de una vez cómo titulan sus entrevistas: «Suicidarme no entra en mis planes». Urgencia vital Sobre lo que no caben dudas es la aparente urgencia con la que Ernest Hemingway exprimió su vida, que a su vez alimentó sus escritos. Desde sus experiencias en la Primera Guerra Mundial ?Adiós a las armas? o en la Guerra Civil española ?¿Por quién doblan las campanas?? a sus aficiones taurinas, cinegéticas y viajeras. Hemingway parece haber estado en todas partes en los momentos clave: el París de la generación perdida, el Madrid de los bombardeos, el África de los safaris, la Cuba de la Revolución... Esta actividad y su propia personalidad, polémica y expansiva, le ganaron partidarios y detractores: unos lo contemplan como un modelo literario a seguir, mientras que para otros su pose de macho resulta insoportable. En sus viajes, Hemingway también visitó Galicia en varias ocasiones y citó esta tierra y sus paisanos en cartas y libros. Los pescadores de Vigo, la plaza de toros de A Coruña o la ascendencia gallega de algunos de sus personajes combatientes en la Guerra Civil son varias de esas huellas, rastreadas en su día por Carlos Casares en su libro Hemingway en Galicia. Esa obra es un ejemplo de la fascinación que ha despertado el escritor norteamericano, y que se traduce en los homenajes kitsch y literarios de los concursos de dobles o en la sombra que ejerce su estilo conciso y seco en el canon de la escritura estadounidense contemporánea. Incluso está presente en el irónico cartel que exhiben algunos bares madrileños: «Aquí no bebió Hemingway». Sus restos descansan en el cementerio local de Ketchum, Idaho, donde vivió de regreso a su país después de perder su finca en Cuba. En Sun Valley le recuerda un mínimo monumento.