Al borde del abismo

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

14 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE 58 años que estalló la primera guerra entre el mundo árabe e Israel. Desde entonces no hubo un mes continuado de tranquilidad. Se sucedieron los conflictos armados y los intentos de solución diplomática. Cuando asomaba un horizonte de paz, rápidamente se torcía por una pelea de vecindad o por la acción terrorista. Los habitantes de la zona han sido formados en el rencor, en la disposición a la violencia y en la filosofía de aplastar al enemigo. A ese fondo cultural, Israel añade ahora los complejos de su Gobierno: con fama de paloma, necesita demostrar que no es más blando que el halcón Ariel Sharon. Desde esa filosofía, toda desmesura es posible. Escribo «desmesura» por lo desproporcionado de su reacción. Si es cierto que hay que combatir al terrorismo, es dudoso que, en nombre de esa lucha se pueda matar a civiles y deshacer centros y vías de comunicación. Cuando se hace, se corre el riesgo de caer en el terrorismo de Estado; de provocar una reacción que puede terminar en guerra abierta; de suscitar nuevos odios y ansias de venganza, y de fomentar la creación de nuevos grupos terroristas, ahora respaldados por la sociedad. Lo terrible del momento actual es lo que ignoramos: en cuál de esas fases estamos; cuál es la intención de Israel; hasta dónde llega el apoyo o el empuje de los Estados Unidos; quién alentó a Hamás y a Hezbolá a sus últimas provocaciones y cuál es el papel de Siria e Irán, porque puede ocurrir que el belicoso presidente de este último país trate de desviar la atención de su programa nuclear o esté buscando ya el cumplimiento de su promesa: la destrucción del Estado de Israel. Así de dramático es el panorama, agravado por una ONU que se reúne mucho, pero es incapaz de hacer cumplir sus propias resoluciones, y por una Europa que se muestra dividida tan pronto como sus líderes se ponen a enjuiciar el momento. Frente a una Angela Merkel que da la razón a Israel, Zapatero habló en el sentido justamente opuesto. Merkel representa a la Europa pro-americana y pro-judía. Zapatero, al sentimiento de simpatía hacia los árabes que desde Franco inspira nuestra política exterior. ¿Hace falta decir que está en juego la paz mundial y la economía? El precio récord del petróleo anuncia las dificultades que atravesaremos si el conflicto se agrava o se prolonga. Y, si se extiende territorialmente, con un Irán capaz de producir armas nucleares, será la situación más grave del mundo desde el final de la guerra fría. Una guerra con el mundo árabe sería una guerra global. Y los líderes del mundo lo saben. Son los primeros en saberlo. Si, pese a todo, son incapaces de frenar la escalada, estaremos ante uno de los mayores fracasos de la humanidad.