LÍBANO, el hermoso país de los cedros, no está de suerte: la geografía lo sitúa en el eje de un conflicto que ya en varias ocasiones le ofreció su peor cara y que ahora atraviesa otro de esos sangrientos momentos, con los ataques de Israel a Hezbolá en Beirut, respondidos con los cohetes de esta milicia chií sobre el norte de Israel. Los sueños y promesas de las grandes potencias de estabilizar Oriente Medio se ven desmantelados una vez más por una realidad capaz siempre de empeorar, incluso en los peores momentos. Tanto es así que nadie descarta que se muevan más piezas (Siria, Irán, etcétera) para acabar de complicar el imponente jeroglífico. Resulta patético el debate sobre el origen de la actual violencia. Hay algo infantil y necio en ese estúpido reparto de culpas según el cual el lío lo provocó Hamás, pero Israel es más culpable por dar una respuesta desproporcionada. ¿Es esto todo lo que se les ocurre a los grandes líderes mundiales, sobre todo a los europeos, que parecen Salomones en la inopia? La realidad es que en este conflicto ya no hay más inocentes que las víctimas civiles de cada día. No se trata de un juego sutil acerca de lo políticamente correcto. No es ni siquiera cuestión de determinar quién es más culpable. Es algo mucho más dramático: asistimos a un conflicto ya viejo -y siempre reverdecido- que, en vez de agotarse, se intensifica y extiende como un cáncer. Hoy nuestro lamento es por Líbano. El Ejecutivo de Fuad Siniora no necesitaba este nuevo encono en su territorio para enmarañar los ya de por sí delicados equilibrios sobre los que se sustenta. Pero no se librará. ¿Culpables? Israel, Hamás, EE.?UU., la Unión Europea, Rusia, Siria, Irán, Arabia Saudí... ¿Acaso los va a juzgar alguien? Ellos lo saben: el conflicto seguirá. Entre todos conseguirán que sea así. Como lo han conseguido hasta ahora.