La última cena

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

22 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

SONETISTA de cazalla fina, dejó una estela de versos en Galicia, a golpe de corazón. Hubo sonetos pícaros, Follas novas y Rosalía. Descarado, los amores que matan nunca mueren. Cuánta razón y pasión. Al principio salieron tantos al escenario con Sabina que parecía que iba a tocar la orquesta Mondragón, gorro de fez incluido. Él, valleinclanesco, con bombín y bastón, como recién llegado del callejón del Gato esquina con calle Melancolía. El público gozó la cáscara de nuez rota de su voz. Lo esperado, sus clásicos y las últimas. Todo su repertorio. Al cantante no le crecen los enanos del circo, le crecen los fans al ritmo que va tras el luto de la fosa común de la depresión. Sabina envejece como algunas marcas de vino. Gusta más a los que les gustaba. Y los odiadores también le odian más (Ramoncín o Sardá). No hay término medio con él. Un matiz. Fastidia que el desertor en la guerra y boxeador en Detroit haya aceptado la cena con el Príncipe y Letizia. ¿Se puede ser apocalíptico e integrado? Nos hizo gozar durante más de dos horas y hubo aplausos para la República. ¿A qué vino la cena famosa? Sabina etiqueta negra tenía que haber contestado a la Zarzuela que le venía mal la hora y el sitio, su casa. No se puede estar a todo. De Materazzi esperaba que insultase a Zidane. Y de Zidane, que le diese un cabezazo (no es su primera agresión). Y a Sabina no lo veía cenando con Letizia. Es como si Simeone, en vez de clavarle los tacos a Julen Guerrero, se para en el campo a recogerle unas flores para un ramo. Me gusta Sabina cuando grita mucha, mucha policía. No me gusta Sabina recibiendo a las altezas. El whisky no se bendice. Menos mal que, en la dichosa cena, seguro que estuvo su doble. Te pareces a Sabina, ese que canta. Él no pudo caer tan alto. Y gracias otra vez por devolverme el mes de abril. cesar.casal@lavoz.es