OTRA VEZ podríamos empezar a lamentarnos de que en Europa no nos entienden. Incluso nos admiran, pero no nos entienden. A decir verdad, casi no entienden nada del lenguaje político que usamos por debajo de los Pirineos. Háblenle ustedes a un francés de nuestra brillante teoría de la «nación de naciones» y se dibujará en su cara tal gesto de perplejidad que no será capaz de articular palabra en varios minutos. Explíquenle a un alemán la cuestión territorial (asimétrica o no, como prefieran) de nuestra España plural y se preguntará de qué pesadilla nominal salimos con tan vanas sutilezas, para ellos inalcanzables. Cuéntenle a un italiano -tan próximo a nosotros- lo del reparto de las cuencas hidrográficas que se proyectan en algunos Estatutos de autonomía y creerá que se está mejorando -por ampliación- el infierno de Dante. Díganle a un sueco los logros de nuestras reformas autonómico-nacionalistas y verán como prefiere soportar por enésima vez la obra completa de Ingmar Bergman a seguir escuchándolo. Y es que no nos entienden. Ellos nos hablan de Picasso, de Almodóvar, de Nadal, del Barça, de Arturo Pérez Reverte, de Fernando Alonso, etcétera, y nosotros, pobres incomprendidos, dale que te pego con nuestra política de campanario, que marcará el rumbo del mundo. Lo que les cuento no es del todo inventado. En una conversación similar, se me ocurrió decirle a un francés que ETA y Batasuna planteaban la independencia de la «nación» de Euskal-Herria y que ello afectaba a Francia, porque una parte de esa unidad geoantropológica estaba en su territorio. Me miró perplejo y me dijo: «Eso es un problema español». Sin más. Lo mismo que dijo en Madrid el ministro de Interior y próximo candidato a la presidencia gala Nicholas Sarkozy. En Francia ni siquiera saben qué significa eso de Euskal-Herria, tan ignorantes son. Pero nosotros se lo enseñaremos. En cuanto tengamos un momento libre en nuestra bronca nacional, vamos y se lo explicamos. Y ellos, claro, nos correrán a gorrazos. Porque está visto que no alcanzan a entender nuestras altas cotas de pensamiento político sobre el futuro. Está a la vista, pobres, que ellos sólo andan resolviendo problemas del presente. ¡A quién se le ocurre!