HACE setenta años un dramático julio dividió bélicamente en dos al país. Quienes participamos en elaborar la Constitución creímos, respaldados por el voto de una amplísima mayoría, que aquella división había quedado superada. No éramos unos desmemoriados, ni menos ignorantes de lo que había acontecido en España, antes y después de la Guerra Civil. Coincidíamos, desde posiciones ideológicas y experiencias personales diversas, en que no volviera a repetirse lo que dejábamos atrás con deliberación. No estoy seguro de poder utilizar el plural para expresar hoy la misma determinación. Da la impresión de que el magnánimo pacto de entonces, sobre el que se asentó la Constitución, habrá de ser revisado. Como si una parte de quienes con grandeza asumieron el compromiso lo hubiera hecho forzado sólo por las circunstancias. Que si ahora hubiera de plantearse se llevaría a cabo de una manera distinta. Se introduce así inseguridad en lo que son los cimientos de nuestra convivencia colectiva durante el período democrático de monarquía constitucional que, sin embargo, no se discute de un modo frontal. Se percibe como un asedio a la Constitución y al período constituyente, en el que la posición política de centro desempeñó un papel fundamental. La sociedad se muestra cada vez más polarizada. Como un reflejo, todavía atenuado, de la profunda separación entre -de nuevo- izquierda y derecha. Los puentes entre el PSOE y el PP han quedado rotos. De alguna manera se fuerza a optar en una elección absoluta de la que 1936 generó consecuencias; algunas irreparables, como entre los galleguistas. Se hace, además, sin necesidad. Al parecer no existe más ring que el de las elecciones, que es preciso ganar a toda costa. Todo parece condicionarse a ese objetivo. El deseo de que se acabe de una vez por todas la amenaza del terrorismo interior aparece, incluso, contaminado por aquella obsesión electoral, determinante del mantenimiento en el poder. Desde esa misma clave podrían entenderse pronunciamientos sobre el conflicto en el Oriente próximo, a favor del voto joven. Y quizá también los desencuentros intermitentes de quienes, en Galicia, están obligados a ser socios de gobierno. Hago un alto en esta cita semanal. Me alejo momentáneamente con imágenes que golpean los sentimientos. La de los etarras condenados que se muestran insolentes y desafiantes, cuando se recuerda la oportunidad de dialogar con ETA. No resulta fácil encajarlo con frialdad. Tampoco el odio terrorista que provoca una devastadora respuesta en el Líbano, en una real y alucinante guerra. La hoja de ruta, que tantas esperanzas había levantado, se ha hecho pedazos. «Dar una oportunidad a la paz», una coreada canción para recordar en el intervalo de este caluroso verano. A la vuelta procederá hacer balance.