EXISTE una tendencia creciente a cuestionar las virtudes de la transición española. La mala conciencia de los colaboradores con el franquismo reciclados, los cálculos imprecisos sobre la fuerza social real de cada bando y la novedad del experimento de una restauración democrática para el que nadie expedía títulos homologados, convirtió los últimos años setenta y primeros ochenta en un fascinante escenario político en el que muchos hicieron el doctorado. Cuando el tiempo nos alcanza , la primera parte de las memorias de Alfonso Guerra, incluye una divertida anécdota que resume perfectamente las condiciones en las que se desarrolló aquel máster acelerado en democracia. Recién constituidos los primeros ayuntamientos, tras las municipales de 1979, el entonces secretario de organización del PSOE indicó a todas las agrupaciones que se hacía necesario que todos los alcaldes y concejales que tuviesen algún ingreso por su cargo abonaran una cantidad para el mantenimiento del partido. Según Guerra, varias agrupaciones respondieron de forma semejante: los concejales socialistas habían pagado todos, los de UCD se resistían, aunque al final también habían hecho su aportación, pero los de AP se habían negado en redondo. Ingenuidad maravillosa la postura de aquellos concejales centristas que, aun a regañadientes, habían aportado parte de sus ingresos políticos ¡para el mantenimiento del partido socialista!