ES EVIDENTE que, primero Hamás y después Hezbolá, han provocado la reacción de Israel en Palestina y el Líbano, con las consecuencias de una ofensiva militar en toda regla que sufren las poblaciones civiles de palestinos, libaneses y también israelíes. Una catástrofe que ya no tiene solución para los muertos, heridos y edificios destruidos. En el fondo, todos somos culpables, por no haber solucionado a tiempo las causas de un conflicto que, una y otra vez desde hace más de medio siglo desata la violencia legal e ilegal. Ante la reacción de Israel, Hamás está prácticamente desaparecido, pero Hezbolá se va a llevar la peor parte, porque ellos tienen que combatir al Ejército israelí o camuflarse entre la población civil libanesa o buscar refugio en Siria, cosa que este Gobierno no admitiría oficialmente. Hezbolá actúa dentro del Líbano como un ejército consentido, incluso con representación gubernamental. Estaba desplegado en una franja de terreno desde la cual hostigaba a las poblaciones israelíes, hasta que hace un mes los guerrilleros chiíes entraron en territorio de Israel y secuestraron y mataron a varios soldados hebreos. Parece que este ataque fue el gran error de Hezbolá. Posiblemente no esperaban la reacción de Israel, que ve amenazada su supervivencia. Detrás está ese país que les dio dinero, armamento y apoyo moral para destruir a Israel. Pero los misiles no son suficientes para aniquilar un país que está apoyado por la comunidad internacional desde el año 1948, cuando se instaló como nación democrática. Ahora, el potente Ejército judío ha entrado en el Líbano persiguiendo a los integrantes de Hezbolá y ya es el propio Líbano y los países árabes quienes piden su retirada para declarar un alto el fuego. Pues bien, la alternativa que aceptaría Israel es la siguiente: retirada sí, a cambio del desarme de Hezbolá, lo que significaría su desaparición. Se ofrecen al Gobierno del Líbano todos los apoyos necesarios para aniquilar a Hezbolá o la hará el Ejército hebreo, es cuestión de tiempo.