13 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

POR encima del indeclinable rechazo que inspiran las guerras está la insuperable repugnancia que produce la facilidad con que estallan. Hace un mes la guerra de referencia en Occidente era la de Irak, y nadie esperaba una escalada bélica tan brutal en el Líbano. Pero se produjo la captura-secuestro de dos soldados judíos por parte de Hezbolá y se puso en marcha una deriva perversa y sangrienta, desproporcionada y aniquiladora. Hoy, unos cuantos días después, el Líbano es ya un país desvertebrado y roto. Y todavía no ha terminado la salvaje operación israelí ni ha entrado en razón la milicia terrorista apoyada por Irán. Hace un mes podía haber empezado un conflicto armado con Irán, o con Siria, o en el actual territorio palestino. No se preveía en el Líbano, que se había distanciado de Siria y se recuperaba felizmente de anteriores debacles. Pero el caprichoso Marte, dios de la guerra, señaló con su dedo a esa nación de convivencia y, con la furia bélica que desató, casi borró del mapa la información sobre la masacre que continúa en Irak. Una guerra ni siquiera declarada que se está llevando por delante a todo un país. ¡Las malditas guerras! Basta con echar un vistazo al mundo para ver la facilidad y la irresponsabilidad con que se producen. En Sri Lanka se recrudece el conflicto entre el Gobierno y la guerrilla de los Tigres de Liberación, con amenazas de desembocar en una guerra civil. En Chechenia la violencia se dispara, impulsada por la crueldad de Putin y por la de los propios rebeldes chechenos. En Sudán continúan las matanzas consentidas por un mundo que parece no querer oír hablar de genocidios hasta que se han consumado. En México, López Obrador sigue radicalizando su discurso como si ignorase que la protesta se le puede ir de las manos. En Cuba se espera. Pero lo más terrible es que otra guerra puede estallar en cualquier parte. Porque así de absurdas y estúpidas son las guerras.