ESPAÑA enviará soldados al Líbano. El compromiso se ha contraído antes de su aprobación por el Congreso de los Diputados, lo que ha suscitado la crítica del Partido Popular. Es defendible que decisiones de esa naturaleza sean competencia del Gobierno, que debe, en todo caso, informar en el Parlamento. Pero el actual Ejecutivo se autovinculó libremente con ese condicionamiento que ahora incumple. Toda esta materia está mediatizada por posicionamientos partidarios. La guerra de Irak, en términos políticos, fue un error. El presidente Aznar la apoyó; pero España no entró en la guerra. Participó con una veintena de países, europeos y no europeos, en el momento posterior. De no muy diferente consideración es nuestra presencia que se mantiene en Afganistán. Tampoco ahora España tuvo que ver en la acción bélica en el Líbano; pero es razonable que participe en su reconstrucción y en tratar de encontrar una solución a un complejo problema que rebasa el área geográfica del Oriente Medio. La reacción de Israel a la provocación de Hezbolá ha sido devastadora desde el punto de vista humano, como atestiguan los mil libaneses muertos y el millón de desplazados, en un país en el que un 41% son cristianos, un 27 suníes y un 28 chiíes. Desde el político, ha sido desequilibradora. Hezbolá ha salido reforzada. Su líder se ha presentado como el defensor del honor de los islamistas, en una clara conexión con Irán. La posición de Egipto, Jordania o Arabia Saudí, de Gobiernos suníes, opuestos inicialmente a lo que calificaron de aventurerismo de Hezbolá, ha quedado dañada, con perjuicio para el equilibrio en la región. La guerra ha demostrado la consistencia de la organización de Hezbolá, que no sólo funciona como un Estado dentro del Estado, sino como parte de él, con representación en el Gobierno del Líbano y en el Parlamento. Una organización que gestiona hospitales y escuelas, que cuenta con un sofisticado sistema de comunicación y con un arsenal de unos 13.000 proyectiles, que le permitió lanzar unos 350 misiles diarios contra ciudades de Israel. La subsistencia de esa organización militar, paralela a la de un reaparecido ejército libanés, es incompatible con un Estado. Hezbolá, como Hamás, no actúan como nacionalistas, aunque asuman ese carácter, sino como movimientos que responden a impulsos religiosos. La destrucción de Israel puede considerarse una obligación de esa naturaleza. De ahí, la preocupación israelita y la de Occidente por el programa nuclear de Irán. De un panarabismo se ha pasado a un panislamismo. De sus consecuencias negativas pueden dar fe las comunidades cristianas pilladas en medio de la intolerancia y el empecinamiento bélico. Por eso es justificable contribuir a una paz estable en el Líbano, sin escorar de un modo imprudente la posición de España, por motivos coyunturales de política interior, en un problema que afecta a más de dos partes.