DE JACQUES CHIRAC conviene fiarse poco. A veces no es malo desconfiar de lo que dice, y en ocasiones es bueno poner en cuarentena el modo de decir lo que quiera o no quiera contar. Así, por ejemplo, cuando en una conversación con Zapatero, y a micrófono abierto, voceó que en Líbano «no habrá problemas durante tres o cuatro meses porque, entre otras cosas, Hezbolá ha quedado un poco debilitado. Pero dentro de tres, cuatro o cinco meses puede ser peligroso. Me preocupa el futuro. Dependerá de las negociaciones con Irán». Una vez dicho lo que tenía que decir, resultó que no era eso lo que quería hacer público. «Tuve la imprudencia de pronunciar esas palabras -dijo-, sin darme cuenta de que me las estaban robando». Que la situación en Líbano es volátil -por decirlo de un modo poco alarmista- no es una novedad, y es improbable que Chirac se hubiera referido a ella si no tuviera dos mil soldados comprometidos en el sur del país y en una misión bajo mando francés. Sí es una novedad, por el contrario, la seguridad con la que Chirac da por sentada la debilidad de Hezbolá, y el aplomo con el que señala el plazo en el que las cosas pueden complicarse allí. Un par de días después de la indiscreción del presidente francés, se supo de la intención iraní de suspender durante dos meses el proceso de enriquecimiento de uranio. Es una concesión que se pliega bastante a las exigencias planteadas por Javier Solana, Alto Comisionado de la UE para Política Exterior, y coincide con el anuncio de un gobierno de unidad Hamás-Fatah en Palestina, con las amenazas publicadas por Al Qaida contra Israel y los países con tropas destacadas en Líbano, y con un ataque terrorista contra la embajada americana en Damasco, abortado por la policía siria, a la que Washington hizo inmediatamente público su agradecimiento. La secuencia de acontecimientos no acaba ahí, sino con una cordialísima entrevista en Teherán entre el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, y el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, al que aseguró apoyar en sus intentos de alcanzar una «completa seguridad del país». El telón que sube y baja sobre los escenarios de Oriente Medio jamás se mueve gratuitamente. Ahora mismo no se sabe bien si sube o baja porque tampoco se sabe quién y cómo está reescribiendo la obra en cuestión. Lo que sí se sabe es que hay mucha gente pasando por allí, y esa puede ser la razón de que la mayoría de los protagonistas hayan decidido esperar a ver cómo se acoplan las cosas en una zona en la que ya estamos todos. En su extremo occidental, al sur de Líbano, hay tropas de la ONU. A continuación, en Irak, se extienden las fuerzas de la coalición USA-UK. Y luego, más allá, en Afganistán, se encuentran los contingentes de la OTAN. Entre estos dos últimos, Irán, bastante rodeado, y pensando.