16 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

DOS DÍAS cambiaron el rumbo de la historia que estamos viviendo. El 11-S, con un alcance mundial. El 11-M, en España. El viraje de la política de EE.?UU. ha sido espectacular, condicionada por una estrategia total para combatir el terrorismo. A nuestra escala doméstica, el giro ha sido notable en temas centrales para la convivencia y la estructura del Estado. El impacto del 11-S fue enorme en la sociedad americana. Tuve ocasión de comprobarlo sobre el terreno. El patriotismo herido unió al pueblo, orgulloso en su multiculturalismo de ser americano. El presidente Bush tuvo el respaldo pleno del Congreso, alcanzando el 90% de aprobación popular. Aquí las cosas funcionaron de otra manera. El atentado, como allí, impactó a personas inocentes y, sin embargo, la manifestación, que respondía a la reacción natural de un sentimiento de dolor y repulsa, terminó convirtiéndose en un reproche contra el Gobierno, sellado en las inmediatas elecciones. El 11-S provocó una solidaridad internacional. La mayoría de los Estados -y desde luego ninguno de la Unión Europea- mostraron reticencias acerca de la intervención militar en Afganistán. El diario parisino Le Monde acuñó el titular de «todos somos americanos». Cinco años después, el panorama ha cambiado. La guerra de Irak y la incesante sangría tras la rápida victoria convencional ha quebrado el consenso y arruinado la popularidad de Bush. El terrorismo del 11- S no ha vuelto a golpear a EE.?UU., pero se ha agudizado y extendido. Se presenta con una dimensión global y, lo que es más preocupante, ligado a una manera de entender el islamismo. El fenómeno apuntaba ya en el 11-S. Quienes protagonizaron los atentados no eran unos fanáticos ignorantes, sino unas personas estudiadas y convencidas. Habían vivido en Europa y en Estados Unidos, usando libertades reconocidas. No fue sólo un ataque al imperialismo americano. Se descargó el odio contra una sociedad que conocían y, en el fondo, despreciaban. La misma connotación se ha comprobado en los intentos desbaratados hace pocas semanas en el Reino Unido y en Alemania. El planteamiento de una confrontación entre el mundo islámico y el occidental, como dos concepciones fundamentales de la vida, hace más peligroso el problema del terrorismo, ya que no reconocería fronteras. La guerra alimenta el radicalismo islámico. Queda un largo camino para el diálogo de civilizaciones o culturas, con raíces en sentimientos religiosos, que sería irreal desconocer. Oportunidad se ofrece también para reflexionar si determinados rechazos a las sociedades occidentales, aunque no sean violentos, tienen que ver con el modo en que éstas viven sus proclamados valores. A sucesos inimaginables como los del 11-S y el 11-M los acompaña un halo de duda. En EE.?UU., según una reciente encuesta, un 36% cree que hubo una conspiración para justificar la guerra. Aquí, la duda nos persigue en debates mediáticos y parlamentarios.