PODRÍA tratarse de un pobre hombre, pero no. Se trata de un golpista, ex golpista o antiguo golpista, que ahora reside en la autocomplacencia de ser el presidente locutor y cantante de Venezuela, condición que espera prolongar de por vida, y a la que añade la circunstancia de sentirse en las vísperas de sustituir a Fidel Castro, al que visita con asiduidad para sostenerle la mano y disimular su intención de sondear lo que le queda de pulso al caimán. Pocas cosas le gustan tanto como dar voces. Es su modo de comprobar que nadie vocea más alto que él, y crecerse con esa comprobación antes de mirarse en el espejo. Es un experto en ese ademán que consiste en blandir el dedo índice tieso de la mano derecha, aunque lo que más le gusta es colocarse las manos haciendo bocina alrededor de la boca y anunciar a gritos la buena nueva que consiste en él mismo. Ahí lo tienen recién llegado a La Habana para alinearse entre los No Alineados. Sus voces tienen que ver con el aviso de que como los Estados Unidos invadan Cuba se las tendrán que ver con él. Nadie espera que los Estados Unidos invadan Cuba con la que está cayendo a uno y otro lado de tan extravagante hipótesis, pero nadie sabe de los Estados Unidos lo que sabe Chávez. Así, por ejemplo, sabe que «fue el mismo poder imperial americano el que planificó y condujo el atentado del 11-S, hecho terrorista terrible contra su propio pueblo y contra ciudadanos de todo el mundo. ¿Para qué? Para justificar las agresiones que se desataron sobre Afganistán, sobre Irak y contra todos nosotros, contra Venezuela también... Fue la excusa del imperio norteamericano para arremeter con más saña y furia contra el mundo». En julio pasado se gastó 3.000 millones de dólares en la compra a Rusia de 24 cazas de combate Sukhoi, 10.000 fusiles de asalto Kalashnikov y 55 helicópteros, incluida una docena del modelo MI-35, armados hasta en los retrovisores. Y de semejante guisa se lanzó a una gira mundial en busca de los votos que le permitan ocupar uno de los dos puestos rotatorios del Consejo de Seguridad de la ONU que han de asignarse en octubre. Para ello está dispuesto a vender petróleo a China al precio de la Coca Cola, a acusar a Israel de genocidio y a prometer su ayuda a Irán «en cualquier momento, bajo cualquier circunstancia». Cómo será el ambiente que suscita, que Corea del Norte prefirió no verse visitada en esa gira de petróleo barato y política a voces. Como casi todos los que hacen de su cordialidad una variante del abrazo del oso, este hombre es un visionario, es decir, un prócer con capacidad para autoinducirse alucinaciones a las que otorga tratamiento de visión. Así, alucinado por la salud de Castro, dice de él que es don Quijote. Y, de igual modo, sin bajarse de ese vuelo, manda un saludo a «mi amigo Zapatero y a la nueva España de García Lorca». ¿Qué habrá visto de nuevo este hombre en su visión lorquiana o en su alucinación de García? Son momentos alucinados, trances visionarios difíciles de rastrear en origen, aunque quizá cernidos en el espejo en el que busca verse como si fuera la Hormiga Atómica.