EXISTEN ocasiones en las que el cronista siente que se tiene que morder la lengua, dar una dentellada al ratón del ordenador para mostrarse lo suficientemente comedido ante sus lectores. Y ésta es una de ellas. He puesto distancia entre ese espectáculo televisivo que exhibía reiterada e impúdicamente la agresión de un animal a un can. Ambos eran gallegos, la bestia y el perro. Pero los comentarios en off evidenciaban todos los tópicos que sobre los gallegos se fueron instalando en cierta cultura colectiva, tan elemental como sectaria. El locutor nos veía casi como una tribu ruin y analfabeta, nos veían como a Manolito, el personaje que dibujó Quino en los cómics argentinos de Mafalda que representan a un rapaz hijo de un tendero de colmado, torpe, insolidario, desconfiado, avaro y pícaro. Casi nada. Nos miran de reojo, como nos describía Larra, que llegó a escribir que «el gallego es el animal más parecido al asno», nos describen con el mismo desprecio con que nos trató Unamuno, y en llegando a este punto es bueno decir que quien apalea de esa guisa a «su» perro no puede figurar en ningún censo de quienes nacimos y vivimos en Galicia, de quienes nos sentimos orgullosos de pertenecer a un pueblo de personas honestas, dignas y generosas. Flaco favor nos han hecho quienes con sus comentarios han vuelto a exhumar la Galicia de Xan das Bolas, que es únicamente un pálido reflejo en un espejo sin azogue perdido en un rincón de la historia. Hay que contar el tal como somos más próximo. Contar, por ejemplo, que muchos telespectadores que vieron el vídeo más reprobable lo visionaban gracias a una antena o un decodificador de Televés hecho en Galicia; que la leche que estaba en su mesa era gallega y estaba embotellada en Galicia; que tal vez la ropa que vestían a la hora de ver los noticieros de la tele tenía la marca de Zara, de Caramelo o de Florentino con Galicia en su origen. Y así podríamos seguir elaborando una lista amplísima que va desde los automóviles Citroën hasta sofisticados productos farmacéuticos. Y ya está bien de arquetipos obsoletos, de lecturas de la realidad que nos distancian, de soportar consignas y monsergas, de deformar acontecimientos categorizándolos en un lugar que no les corresponde. Basta ya de situar a Galicia y a los gallegos en las páginas audiovisuales de sucesos. Y no quiero perder de vista el origen de estos comentarios. La opinión pública y la publicada han coincidido de forma mayoritaria en la denuncia. Ninguna sanción económica repara la brutalidad, y la condición humana a veces coincide con la condición gallega, pero sólo es la advertencia antigua de que cualquier parecido con la realidad es una pura coincidencia. Y está meridianamente claro que para nada somos como nos quieren ver. Que quede constancia.