QUERIDO MUNDO | O |

01 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

AHORA que tanto se habla de la recuperación de nuestra memoria histórica (algo siempre necesario porque sin memoria no se sobrevive ni se progresa) quiero traer a colación una precisa advertencia del gran medievalista Jacques Le Goff: «Es necesario que la memoria no sea una memoria pervertida, deformada, manipulada. La memoria ha de ser inspiradora y, para ello, el requisito esencial es que sea verificada y pensada a través de la historia». El juego histórico entre memoria y olvido es muy complejo. Y es muy complejo porque es manipulable. Como dijo el filósofo Fernando Savater, «lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado». El irónico antropólogo Julio Caro Baroja nos recordó que «la capacidad de olvido del hombre es inmensa. Casi tan grande es también su capacidad de alterar, deliberada o inconscientemente, lo que recuerda del pasado». Por eso advirtió a los investigadores -es decir, a sus propios colegas- que la Historia no es maestra de la vida, como sostenían los clásicos, pero sí «que es hija de un olvido y madre de otro y que lo consignado en los libros es casi tan olvidable como lo que no lo está. "La Historia dirá algún día", se repite, incluso en son de amenaza. Dirá, sí, pero a sordos». Porque «el peligro mayor en el oficio del historiador está justamente en la fuerza que tiene lo verosímil frente a la endeblez de lo verdadero. Lo verosímil siempre compone mejor». Todo esfuerzo por recuperar una memoria histórica no deformada es algo sano y vivificador -y justiciero-, pero no debe alimentar a nuevos salvadores o profetas de redenciones o venganzas. Porque la recuperación de la memoria histórica en realidad no termina nunca, ni es nunca definitiva. Como dijo Octavio Paz, «recordar es necesario, pero olvidar es una función igualmente vital». Tengámoslo en cuenta.